ANÁLISIS DEL DIÁLOGO Y EL CONSENSO

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El diálogo y el consenso son dos firmes pilares sobre los que se levanta y sostiene el edificio de la democracia. Pero de ambos conceptos conviene hacer algunas precisiones.
El consenso sin diálogo es empeño inútil; pero que el diálogo conduzca, necesariamente, al consenso es puro voluntarismo. El diálogo, en democracia, es su seña de identidad. Cuando las partes no están dispuestas o predispuestas a dialogar, mediante el intercambio de sus opiniones y argumentos, se produce lo que gráficamente se conoce como “diálogo de sordos”. Cuando esto ocurre, falla la expresión tan socorrida de que “hablando se entiende la gente”, en cuyo caso lo más exacto sería decir que “hablando debe entenderse la gente”.
Para que el diálogo se produzca, tienen que cumplirse determinados requisitos. No hay diálogo en la exposición paralela y yuxtapuesta de las ideas o lo que es lo mismo, cuando cada uno “va por su lado” sin encuentro posible. Hablan, pero no se escuchan. Son “monólogos” sucesivos y concurrentes pero no convergentes ni contrapuestos.
Tampoco hay diálogo propiamente dicho en los casos de “maniqueísmo”; argucia argumental que consiste en atribuir, falsamente, al oponente,  afirmaciones sin base, o que no ha hecho para poder rebatirlas más fácilmente. Este método de “poner en boca de otro lo que no ha dicho” equivale a un diálogo consigo mismo o soliloquio. Esto nos demuestra que el diálogo debe acercarse más a la “disputa”, que confronta y contrasta los argumentos y razones de una y otra parte, para de esa discusión sacar las conclusiones más razonables y acertadas. Así se refleja en la frase “de la discusión sale la luz“.
Para que exista diálogo, tiene que haber ánimo dialogante. De las acepciones que la palabra diálogo tiene en el diccionario de la Real Academia de la Lengua la que mejor se ajusta a ese espíritu, es la que lo define como discusión “en busca de avenencia”.
El consenso, por su parte, sólo debe prevalecer para respetar el pluralismo y asegurar la alternancia en el poder. De acuerdo con ese principio básico, es lógico que el consenso reconozca la misma legitimidad a todos los contenidos ideológicos de las opciones políticas que aspiren a acceder democráticamente al poder. En democracia, no caben ni son deseables las unanimidades ni las adhesiones incondicionales tan propicias al monismo ideológico y al pensamiento único, esencialmente antidemocráticos.
Hay que distinguir la falta de consenso que rompe las reglas del juego y da lugar a una crisis del régimen, de la falta de consenso sobre políticas concretas que producen “conflictos políticos”, propios del sistema democrático, y que forman parte de su funcionamiento. En consecuencia, el diálogo debe procurarse siempre; pero el consenso, únicamente en cuestiones esenciales para la comunidad o cuando corra peligro la estabilidad y permanencia del sistema

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