LA ENSALADA ES UN ASESINATO

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¿Las plantas sienten y padecen? ¿Pueden sufrir? ¿Son inteligentes? Según la definición del DRAE, inteligencia es la “capacidad de entender o comprender” o la “capacidad de resolver problemas”, entre otras acepciones. Tendemos a asociar la inteligencia con un cerebro y evidentemente las plantas carecen de este órgano, así que muchos resolverían de un plumazo este dilema. Sin embargo, las últimas investigaciones realizadas ponen en duda este principio y quizás nos obliguen a revisar nuestras concepciones sobre lo que es la inteligencia y la capacidad sensitiva.
Es un tema que muchas veces se mezcla con pseudociencias y teorías que rozan el absurdo. Sin embargo también hay estudios serios que demuestran que nuestro concepto cerebrocéntrico sobre la inteligencia hace aguas cuando nos debemos enfrentar con el reino vegetal. Las plantas ven en el espectro rojo lejano con su sistema de fitocromos. En función de la estación, deciden sobre su crecimiento, floración, germinación y pérdida de las hojas. Recuerdan las condiciones pasadas, incluyendo los factores climáticos y los ataques de los herbívoros. Pueden oír voces, y en función de ello cambian la expresión de sus genes y la dirección de crecimiento. Huelen a sus vecinos y enemigos. Toman decisiones de acuerdo a diversos estímulos ambientales. Manipulan a los animales para que las polinicen, dispersan sus semillas, se defienden y atacan. Señalizan visual y químicamente que son peligrosas y no provechosas. ¿No demuestra todo esto una inteligencia?
Reconocer esto hace que nos adentremos en un terreno mucho más pantanoso, el de la ética y la moral. Los movimientos animalistas centran su discurso en el sufrimiento que los humanos ocasionamos para nuestra alimentación. Si reconocemos que las plantas sufren ¿que quedará para que podamos comer? Es un argumento extremo pero que se pone sobre la mesa a la hora de hablar de la neurobiología vegetal, un término cada vez más presente en la literatura científica. Negar la evidencia no resuelve el problema. Barrer bajo la alfombra aquello que nos incomoda se ha demostrado que no es la solución. Lo que deberíamos revisar son nuestros conceptos de lo que es éticamente aceptable y redefinir el debate de nuestra alimentación. Sobre todo pensando que en 2050 las previsiones hablan de que seremos 10.000 millones de seres humanos sobre el planeta.

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