UNA RAYO DE ESPERANZA

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Estábamos acostumbrados a que los presidentes y los consejeros de las comunidades autónomas viajaran periódicamente a Madrid con su “cuaderno de quejas” para reclamar al presidente del Gobierno o al ministro correspondiente más competencias para sus territorios y, sobre todo, para exigir más dinero, reivindicación socorrida y acorde con el confuso modelo de financiación de las autonomías. Esta era la cultura predominante en la relación entre las principales administraciones del Estado.

De pronto, se reúne el Consejo de Política Fiscal y Financiera y las comunidades autónomas, por primera vez, aparcan sus diferencias y se comprometen con el objetivo de lograr la solvencia económica interna que, por cierto, lidera Galicia.

Desde el jueves pasado sabemos que el Gobierno y las autonomías pueden coordinar sus actuaciones, más allá de las diferencias, para que España funcione como un Estado serio en el que los políticos se entienden hablando, como funcionan las naciones de nuestro entorno.

No sabría decir si este compromiso fue “un auténtico pacto de Estado o un hito en la legislatura”, como afirma el Gobierno, pero sí que era como un “brote verde” que transmitía un mensaje de tranquilidad a Bruselas y a los mercados y un mensaje de esperanza a los ciudadanos de este país.

Lástima que ese mensaje perdiera fuerza justo al día siguiente por las desviaciones contables de tres comunidades autónomas, una nueva falta de rigor que eleva cuatro décimas el déficit público y daña la ya deteriorada imagen del país y la credibilidad en su economía.

Todos se comprometieron a un ajuste de 18.349 millones de euros y se puede apostar por que aplicarán las tijeras a los salarios de los funcionarios, a la sanidad, a la educación y a los servicios sociales, subirán impuestos directos e indirectos… Es decir, exprimirán las carteras de los de siempre, una vía que se está agotando porque los ciudadanos, también los funcionarios, ya están al límite de sus posibilidades.

Pero ni el gobierno central ni los autonómicos tienen coraje para recortar allí donde esta la sangría del gasto: en la hipertrofiada estructura política y administrativa que con tantos organismos, tantos políticos con tantos privilegios y tanto aparato burocrático, innecesario o duplicado, es el paradigma del despilfarro. Profetizar es siempre arriesgado, pero presiento que no está tan lejos el día en el que Europa imponga una poda severa para adelgazar las administraciones. Al tiempo.

UNA RAYO DE ESPERANZA