Cenicienta’19

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l otro día hablábamos sobre las historias de Disney en cuanto al planteamiento teórico de la trama argumental. Y he estado dándole vueltas. Si yo voy a una fiesta, conozco a un muchacho, me da la hora de irme y salgo despavorida (entiendo que para que el taxi no se me vaya, no porque tenga hora de queda) y si el tipo dice que está tan enamorado que lo demuestre. Porque tener que ir de casa en casa probándole a toda la ciudad un zapato mío, no es de recibo. Si tanto te gusto acuérdate de mi cara, chaval. Que si no, de la que te acercas, te doy un rodillazo o un puntapié y ahí te quedas. 
Además esto lo digo con inquina porque una de mis muchas rarezas es la memoria fotográfica que tengo, en particular en cuanto a caras. Por aprender me aprendo hasta el nombre con apellidos normalmente. Yo relaciono cara y nombre, y en serio, para siempre. 
De hecho, ayer me ocurrieron dos cosas muy curiosas. Lo primero es que me fui hasta una tienda a buscar unas prendas y con las prisas confundí a una clienta con una dependienta. La señora en cuestión se ofendió muchísimo por cierto y me dijo de muy mala manera que ella estaba comprando. Tan nefasta fue su reacción que a nada estuve por afiliarme al sindicato de trabajadores de Mango y ser la más ferviente defensora por la dignificación de la profesión de los dependientes textiles. En fin, la gente es una maleducada. La cosa es que, tras el equívoco, me quedé pensando y dije: “vaya, si me hubiese parado a pensar unos segundos esto no habría ocurrido, porque yo sé que conozco a esta mujer de algo y efectivamente no trabaja aqui... ¿Pero dónde será?” Y al cabo de poco tiempo me di cuenta de que, en enero, me había dado una clase de la oposición sobre tipos de archivos y registros. Mi mente es así. Lo otro que me ocurrió fue que reconocí a un tipo en una red social porque hacía dos días había ido a mi trabajo. Ni corta ni perezosa le pregunté si se había comprado unas gafas recientemente y al confírmamelo ya me dije yo a mi misma que era la más jefa. Porque yo me autoanimo mucho, ¿eh? No se crean...
En fin, mérito mío aparte, si somos capaces de que al menos nos suenen las caras de gente que vemos esporádicamente, ¿cómo no se va a acordar el príncipe azul al día siguiente? Pues seguramente porque es tonto de remate.
Y colorín, colorado... este artículo se ha acabado. 

Cenicienta’19