JOBS

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Al principio, la cosa no pinta bien. Un exceso de movimiento, de música de videoclip, de velocidad narrativa y de pretensiones artísticas mal entendidas hacen pensar que Jobs será una obra fallida. Pero hay películas que necesitan asentarse. Y este biopic sobre el alma máter de Apple, fallecido el 5 de octubre de 2011, es una de ellas.
Los 70 fueron la década de transición entre las esperanzas de los 60 y el pesimismo de los 80. A caballo entre las dos, sin definir su alma ni hacia uno ni hacia otro extremo, los 70 tal vez     deban recordarse más que por ninguna otra cosa por suponer el nacimiento de la era del silicio. La revolución de los garajes, de los antiguos inadaptados de instituto que revolucionaron América y la catapultaron a la era de los ordenadores, asentó los cimientos de la sociedad digital en la que vivimos.
De todos ellos, el caso de Steve Jobs es ejemplar. Levantó Apple precisamente desde el garaje de sus padres, con otros cuatro chavales a los que mangoneó desde el primer momento para dejar luego en la estacada. Revolucionó el mundo de la informática con una idea muy simple y muy americana: hacer que el regular Joe se interesara por los ordenadores y se sumara a un salto hacia delante tanto por las bondades del aparato como (si cabe, más aún) por el prestigio social que daba poseerlo.
Además de ofrecer este recorrido histórico por un periodo esencial para entender el mundo presente, Jobs también ahonda en la personalidad quebradiza de un perfeccionista incapaz de conectar a nivel íntimo con la gente en la que tanto piensa. La tragedia de Steve Jobs es la del hombre moderno: infinitas posibilidades para comunicarse y una incapacidad absoluta de hacerlo.
La lástima es que había los mimbres en la historia y en el personaje para hacer una obra maestra. Y Jobs está muy lejos de serlo. Eso sí, merece la pena. Y ayuda a entender dónde, cómo y para qué vivimos. 

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