Hasta la coronilla del virus

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Ya les digo que escribo este artículo desde un cabreo del 42. Las informaciones que estamos recibiendo sobre la expansión global del virus chino me llevan a momentos que se aproximan al pánico y, pocos minutos después, a la máxima relajación. Tan pronto abren telediarios con imágenes de ciudades cerradas y miles de personas con mascarillas como sin rubor alguno a los pocos minutos te dicen, los mismos medios que no es un tema tan grave y que lo vivamos con normalidad, incluso te dicen que, si tienes algunos pequeños síntomas, te refugies en tu casa y no vayas a un hospital. 
Ahora tú decides si los síntomas son pequeños o grandes, ahí queda eso. Los mismos medios que te alarman te exigen tranquilidad, pues hombre, empiece por no alarmarme y podemos seguir hablando. Tras la información técnica, te cuentan que las mascarillas están agotadas y que incluso los hospitales las tienen que dejar bajo llave para que no las roben y en tal momento tú cabeza empieza a dar vueltas sobre la necesidad de hacerte con unas mascarillas para protegerte tú y a tú familia. 
Pocos cuentan y casi en bajito, que las mascarillas sirven en esta ocasión para no contagiar a los demás, pero que no impiden tú propio contagio y ya de paso, te ponen imágenes de supermercados desabastecidos porque la gente en Italia o China hace acopio de alimentos para sus casas y, otra vez a pensar. ¿Acaso soy un irresponsable si no salgo a comprar desaforadamente para garantizar la manutención de mi casa? Los políticos ya no tienen crédito y nadie cree en lo que te cuentan y, además, son muy pocos los responsables públicos que dan la cara porque tienen miedo de decir alguna inconveniencia que las redes les puedan recordar de por vida. Entonces esperamos ansiosos las palabras de médicos y técnicos para encontrar cierta tranquilidad en este maremágnum de informaciones contradictorias y poco tranquilizadoras para la ciudadanía. Estos nos dicen que el virus merece atención y precauciones, pero de ninguna manera alarmismo. 
Nos dicen que, de la gripe común, mueren en España al año más de 6.000 personas y que de este coronavirus, de momento, no ha fallecido nadie en España. Estadísticamente, a fecha de hoy, la afección en España por este virus es cero, incluso en China, epicentro del problema, está lejos del uno por ciento de la población. Con estos números, ¿está justificada la alarma?, todavía recuerdo cuando todos íbamos a morir por el ébola, un par de casos en nuestro país, o por la gripe A que se saldó con la pérdida de crédito de la OMS por su mal explicada relación con los laboratorios que tenían la patente de la vacuna. Con perspectiva, ambas amenazas para la salud pública se saldaron como anécdotas poco deseables y poco más. Eso sí, en ambos casos hubo quien se forró a costa de gobiernos que compraron millones de vacunas que, como en España, duermen en el sueño de los justos. 
Entre tanta incertidumbre, las economías de medio mundo se hunden ante la perplejidad de una ciudadanía víctima, una vez más, de nuestra ignorancia y la desinformación más nauseabunda, Me temo que de la globalización solo nos han vendido la cara buena y nos han ocultado la otra. 
Eso sí, un periodista serio como Lorenzo Milá, recibe el aplauso generalizado por trasladarnos una información sensata y tranquilizadora, pero, lamentablemente, no creó escuela y las televisiones ganan más audiencia, y dinero, con programaciones alarmistas que nos acongojan a todos. No tengo ni idea de como acabará esto, pero difícilmente les podré perdonar los días que nos están haciendo pasar con el monotema de este coronilla virus.

Hasta la coronilla del virus