No solo gobernar sino también aunar voluntades

|

Los resultados de las elecciones municipales en la ciudad cabecera de comarca no admiten comparaciones con el resto de las grandes urbes gallegas ni, por supuesto, con los que se han dado en los municipios que componen las comarcas de Ferrol, Eume y Ortegal. No es la primera vez que se da una continuidad de gobierno, bien por parte de la derecha, bien por parte de la izquierda. La alternancia en el poder no ha sido siempre un elemento base de la idiosincrasia política local, aunque es justo reconocer que los continuados cambios de gobierno no han, precisamente, beneficiado al desarrollo de una ciudad que, en poco o en nada, se parece al resto de las de Galicia.

Apenas dos horas después de que se cerrasen los colegios electorales, el mapa de la composición del consistorio ferrolano apenas varió si no fue para alterar porcentajes de voto y número de papeletas a favor de cada formación. El resto, el número de escaños –que es, al fin y al cabo, lo que importa–, no se movió. PP (12), PSOE (8), FeC (3), BNG (2) fue el resultado final que ya se intuía cuando se llevaba escrutado poco más del 40 por ciento de los votos emitidos.

Que el PP se haya quedado a las puertas del gobierno a expensas del voto de una derecha todavía en ciernes de fragmentación, pero que albergaba la esperanza de que la candidatura del expopular Alejandro Langtry –que presentó un resultado nefasto teniendo en cuenta el crecimiento exponencial que se suponía que alentaba su candidatura–. demuestra que esta ciudad está sobrada de voces y que continúa estando carente de lo más necesario: un mínimo de unidad y coherencia que espante la innecesaria ambición política y personal.

Tal vez el ejemplo más representativo de esto último sea el que aporta el socialismo local. Es evidente que la cercanía de las elecciones generales y la remontada del PSOE a nivel estatal ha jugado un papel esencial en la recuperación del voto para un partido que, durante los últimos cuatro años, se ha visto sacudido por el enfrentamiento entre dos partículas elementales tan dispares como Beatriz Sestayo y Ángel Mato. A toda acción le corresponde una reacción. El triunfo de Mato al frente de la izquierda ferrolana se puede explicar más como consecuencia de una reacción del electorado frente a la errática y visceral acción política de su predecesora, Beatriz Sestayo, que como resultado directo del crecimiento del partido socialista en el ámbito general.

Los datos hablan por sí solos.  El PSdeG ferrolano obtuvo 4.069 papeletas más que en 2015, un crecimiento que supera holgadamente el 11 por ciento, seis puntos, por cierto, por encima del que logró el PP de Rey Varela con respecto a la cita anterior. 

Presumir, o barruntar, pues, que este exponente es solo el reflejo del cambio originado el 28 de abril, puede ser tan erróneo como no relacionarlo con el fracaso del activismo que tanto defendió, pero nunca demostró, el Ferrol en Común de Jorge Suárez. 

El triunfo de Mato sería, en consecuencia, el resultado de la combinación de ambos hechos. Así, a la renovación de un PSOE local de cara a las comicios municipales que le ha servido para demostrar la inconsistencia de la acción política de Sestayo, se podría sumar en similar proporción el fracaso de un gobierno que, salvo una contada excepción, se ha caracterizado por la inacción pero, muy especialmente, por la falta de empatía de un alcalde al que los índices de conocimiento por parte de la población apenas sí han registrado mejoría cuatro años después de presentarse.
Como sucede siempre en política, es el fracaso de unos lo que garantiza el éxito de otros. Así sucedió en 2015, cuando el PSOE pasó a ocupar un tercer puesto y el segundo peor resultado de su historia en los comicios locales.

Y así ha sucedido ahora. De algún modo, pensar que hay un gobierno continuista tras el pasado domingo, es en sí mismo un error. El titular principal de este periódico al día siguiente de los comicios de 2015 dejaba claro que Esquerda Unida llegaba por primera vez al gobierno de la ciudad. Los hechos de estos cuatro últimos años así lo han demostrado tras las disensiones protagonizadas por ediles ajenos a la voluntad política de la congresista –ahora por Pontevedra–Yolanda Díaz, lastrados además por una bisoñez en la gestión administrativa diaria que nunca interesó corregir.

Quien haya seguido de cerca la actividad política municipal a lo largo del mandato que ahora termina, habrá encontrado en el primer edil de la ciudad más silencio que acopio de empatía pero, sobre todo, la transmisión de la idea de que la responsabilidad le abrumaba y, en cierto sentido, no era ni mucho menos la que esperaba.

De algún modo, la continuidad de un gobierno de izquierdas en Ferrol no es, por lo tanto, real. Cabe más esperar que el retorno de los socialistas a la presidencia de la corporación ocho años después de haberla perdido marque ritmos que ni supieron afrontar con la necesaria prudencia y humildad en el ejecutivo de Vicente Irisarri, ni quisieron asumir bajo los más mínimos criterios de responsabilidad durante el breve y conflictivo bipartito que compartieron Suárez y Sestayo.

Para una ciudad tan necesitada de continuidad en la acción de gestión, desarrollo y crecimiento al margen del cambio de color en el pequeño hemiciclo de la Plaza de Armas, resulta demasiado distante lo acontecido en aquellas urbes gallegas que han crecido de manera continuada, bien mediante acuerdos políticos regidos por la responsabilidad, bien por la capacidad de liderazgo de sus principales responsables. 

Para el ferrolano de a pie, ese que está ya más que acostumbrado a alternancias, a haceres y deshaceres en función de los cambios y veleidades políticas, lo que se echa en falta es una gestión capaz de afrontar los grandes retos de esta ciudad y un compromiso político ajeno, al menos en lo que a los grandes temas se refiere, a las directrices de partido, los personalismos y la falta de sentido común. El gobierno efectivo no es, pues, tan solo el que tiene la mayoría sino el que sabe aunar voluntades.

No solo gobernar sino también aunar voluntades