Aplauso fácil

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Sentido de la responsabilidad, sí, también del oportunismo, instinto de supervivencia y búsqueda de centralidad sabiendo como sabe que no es determinante, pero sí esencial en toda estrategia para un presidente en funciones en estos momentos. Momentos y tiempos que pueden cambiar. No hay prisa. Eso es lo dramático. Nadie la tiene. El juego continúa, la presión también. Presionar a otros es una manera de eludir la responsabilidad propia. No lo olvidemos.
Rivera juega las cartas que le han dado, tiene sus minutos de gloria, porque le han sido conferidos, de lo contrario adolece de sentido convocar una rueda de prensa horas antes de reunirse con el presidente del gobierno para esgrimir una serie de condiciones, sine qua non, que tienen más de desiderátums que de condiciones propiamente dichas y menos de obligaciones. La ambigüedad y generalidad de las mismas, el desarrollo no inmediato de casi todas, y el vacío actual de cómo se implementarán no responden a otra finalidad, baja, pero finalidad, que la de permitir a Rivera justificar sus cambiantes criterios y maximalismos anteriores donde ahora simplemente se desdice de lo dicho. Pura cosmética. Pero necesaria de cara a abrir pasos hacia un gobierno. Mas nada todo está dicho y menos escrito en estos instantes. Rajoy es un maestro de jugar con el tiempo y la presión, la capacidad de dilatar ad infinitum las decisiones hasta que no hay otro remedio, y de paso presiona a Sánchez como si el socialismo y su secretario en general fueran culpables, que no lo son, de que de momento no se forme gobierno.
Negociar es algo más. España no es negociable, pero las soluciones a sus problemas sí, y de esto más bien poco. No se ha negociado nada, salvo que se esté haciendo subterráneamente y sin taquígrafos entre Ciudadanos y populares. Más allá de las reuniones canónicas entre Guindos y Garicano no se anuncia nada. Y hablar de regeneración es positivo, de revitalización de las instituciones también, pero no lo van a hacer dos fuerzas únicamente, éste es un empeño de todos, y donde la corrupción es algo gangrenal a la mentalidad y actuación de los españoles. Populares y socialistas principalmente, pero también otras formaciones, tienen decenas, centenas en realidad, de procesos abiertos a sus cargos y representantes. Cirugía sí, cosmética sobre el papel, no.
Rivera no es quien de exigir poner una fecha para la investidura. Reside tamaña competencia en otro órgano, que prefiere de momento aguantar y callar y no hacer nada en el Congreso. Los nacionalistas vascos no han tardado en clamar que votarán no en las dos sesiones a Rajoy, no tienen otra salida si no quieren tirar por la borda la campaña de septiembre del lehendakari. Pero después del 25 todo está abierto, incluso conciliar a nacionalistas con Ciudadanos. Y ahí sabe Rivera que el aplauso ya no es tan fácil. El riesgo es que ser tan camaleónico en política acaba teniendo un precio, un coste. Y ya son muchos los requiebros que el joven político ha dado y protagonizado.
El aplauso fácil es agradecido, pero olvidadizo, y máxime en un país como el nuestro. Se viene aprendido a la política, no jugando a ser péndulo de un reloj de cuerda donde los viejos saben algo más que latín. Al tiempo.

Aplauso fácil