ESTADO DE DERECHO

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Vaya por delante que el Estado de Derecho en que vivo es en el que me gusta vivir y, sobre todo, en el que quiero vivir. Difícilmente lo cambiaría por otro y, si esto sucediese, sería por algún tipo de imperativo. Nada tiene que ver con esto, con la querencia o los deseos, el hecho de constatar precariedades, incluso aquellas que traicionan creencias o, lo que es más básico, la confianza. No es la primera vez que aludo a esto último desde el plano de la credibilidad que se espera encontrar en todo Gobierno. Es este referente, el del Estado de Derecho, el que permite acoger sin discusión, pese a las diatribas, con la máxima confianza la decisión judicial que ha concedido la libertad condicional al etarra Bolinaga. Las querencias, como ya dije, son otras, pero son los sesos, más que el estómago, los que deben imperar, aunque, a menudo con demasiada frecuencia, las incongruencias sean las que nutren la visceralidad.

Carecemos con demasiada frecuencia de lo primero a costa de presumir en exceso de lo segundo. Se puede entender en casos como el mencionado, en los que el común raciocinio se queda con el interrogante de qué derecho le asiste, pese a las circunstancias especiales que lo rodean, a quien ha sido condenado por mantener en un agujero siniestro durante año y medio a un funcionario de prisiones, un simple trabajador, bajo la desesperación que alimenta la incertidumbre de no saber si un instante después seguirá vivo o no. Es sin embargo ese Estado de Derecho el que salvaguarda las garantías de cualquier individuo, sean cuales sean sus circunstancias, sea la que sea su culpa. Puede no resultar equitativo, ya no solo para las víctimas directas sino para la inmensa mayoría de una sociedad que lleva años aspirando a una paz al menos sin armas ni muertos, pero sí es coherente con los derechos que nos asisten, de los que gozamos sin exclusión y que establecen garantías idénticas para todos.

No es, como digo, la mejor sociedad, pero sí tiene a su favor, pese a la repulsa que nos puede carcomer, el benaplácito, aunque se den errores que han permitido, por ejemplo, la huida de De Juana Chaos, que nada más quedar en libertad, ya saben, apostoló una vez más en defensa del terrorismo y la muerte, todo eso que siempre camina en contra de lo justo, de lo racional y de lo que, en consecuencia, alimenta todo lo contrario a un Estado de Derecho del que, sin embargo, porque nos preciamos de ello, también ellos pueden disfrutar.

Lo mismo que José Bretón, supuesto asesino de sus propios hijos, que también podrá acogerse, si se demuestra su culpabilidad y es condenado, a los beneficios penitenciarios a los que haya lugar. Puede ser moralmente injustificable, como el propio crimen, pero es nuestro Estado de Derecho.

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