EL ARTE DE COMUNICAR

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Según cuentan, Ana Mato no pertenece al G-5 de Mariano Rajoy; esto es, a ese pequeño grupo de cinco miembros del Ejecutivo que compondrían el entorno   de mayor confianza del presidente. Se trataría de Pastor (Fomento); Fernández Díaz (Interior), Soria (Industria); García Margallo (Exteriores) y Arias Cañete.
Ana Mato, como digo, no pertenece a este supuesto ámbito. Pero desde hace años viene estando muy próxima al presidente, bien como vicesecretaria de Organización del PP, con importantes responsabilidades en materia electoral, bien ahora como titular de Sanidad.
Hablar de Ana Mato y recordar algún episodio de supuestos favores a la familia por parte de la trama Gürtel es todo uno. Tal vez por eso,  desde el comienzo de legislatura es carne de cañón y uno de los miembros del Gobierno  más vapuleados por la oposición. Y tal vez por eso también, por ser objetivo habitual y fácil,  se ha centrado en ella la polémica en torno al caso de la sanitaria infectada por ébola, aunque inicialmente la competencia no era suya,  sino de la Comunidad de Madrid.
Como no podía ser de otra manera,  la ministra se hizo cargo de la situación a raíz de que el caso adquiriera alcance nacional. Y  apenas se había puesto a ello cuando la oposición más de izquierda ya exigía su dimisión. Faltaban por conocerse circunstancias clave de lo sucedido, pero ya los expertos del caos habían iniciado su trabajo. Mucho más cesable hubiera sido  el consejero de Sanidad de Madrid por sus desafortunadísimas e impropias declaraciones. Pero la ofensiva se centró en la ministra, pieza de caza mayor.
Tampoco faltó el médico sindicalista –o el sindicalista médico- que acudía por su propio pie ¡y en transporte público! al hospital para someterse a observación, acompañado –eso sí- por el fotógrafo de prensa de turno. De paso repartía documentos acusatorios. Parecía interesarle más la foto que la salud. Y de esta manera, a la comprensible alarma social se unía la ya  menos justificable,  precipitada e interesada reacción política y sindical.
De todas formas, el caso ha puesto de relieve una vez más la escasa o nula capacidad del Gobierno y sus gentes para moverse en el ámbito de la comunicación. No se trata de señalar sólo a la ministra Mato, cuyas habilidades dialécticas son manifiestamente mejorables. Porque, en sus comparecencias, otros altos cargos se  mostraron igualmente balbucientes y como acomplejados; como faltos de resolución y timoratos. Les sobraron detalles técnicos, pero les faltaron respuestas políticas. Así, y aun teniendo todas o casi todas las cartas en la mano, no hay quien pare la marea.

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