Palexqueras

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Ser padre es un oficio que requiere de alta especialización. Es un doctorado. Nos condena a tipos que hace veinte años mirábamos a los teléfonos móviles como quien mira pasar a Jennifer López a reinventarnos en los community managers de nuestra propia familia.

En nuestros tiempos las gamberradas no trascendían del barrio. Del instituto. Le levantabas la falda a la cría que te hacía tilín, te comías dos leches, te quedabas un mes sin tele y hasta la próxima.

Ahora se te da por hacer el gilipollas bailando el Gangnam Style en calzoncillos delante de una web cam y a la mañana siguiente eres el rey de youtube. Son los daños colaterales del progreso. La capa de ozono.

Acompáñenme a revisar un smartphone de última generación. Tenemos, en un trasto que ocupa lo que media lata de sardinas, aplicaciones que nos cuentan si nieva en Alabama, nos permiten mensajearnos al instante y gratis con nuestra prima de Tarragona, nos ofrecen las obras completas de Góngora, nos dicen por dónde se va a las lagunas de Cospeito y –en el colmo de la sofisticación– sirve para llamar por teléfono. Pasmoso. La navaja suiza de la ciencia ficción.

Un tesoro que cuidamos más que a nuestro hígado. También los chavales de quince para arriba. Si el padre se ha resistido a arrojar a su hijo a las redes, porque sabe lo que hay, ya vendrá el abuelo, que se quedó colgado del transistor y conectará al nieto a la aldea global “para que no sea menos que la nieta de don Servando, solo faltaba”.

Y claro, hemos pasado del dios tirachinas, adorado por el gremio de cristaleros, al culto al iPhone, capaz de montar una revolución con dos pulgares. En A Coruña hemos visto esta semana como una chiquillada se vierte en escándalo en menos horas que “retuits”. Las fotos de unas niñas que todavía no controlan el cuerpo que habitan han hecho temblar los muros de la moral de padres, profesores y adultos en general.

Juro por mi android que si tuviese la solución no estaría aquí aporreando el teclado. Paso de tirar piedras. No estoy libre de pecado. Pago cada mes la blackberry de mi heredera. Pero algo habrá que hacer para evitar que chavales que pelean con sus satánicas hormonas se destrocen la vida sin darse cuenta. Mi consejo, no dar consejos. Hablar. Aquella tradición de antes de que se inventase el chat. Nuestros hijos no son el enemigo.

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