GUIÑOS DE POETAS

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Todo se dispara sobre nuestra nación. Somos una familia mal avenida repartiéndonos una herencia donde lo primordial es romper cualquier cosa para que no pueda disfrutarla nuestro hermano. Los corrupción imperante, los fallos reiterados de los tres poderes del Estado, el desconsuelo ciudadano con millones de parados ha oscurecido el sol, sustituyéndolo por nubes amenazadoras. ¿Ha sido siempre así? ¿Repetimos mil errores achacables a nuestra anárquica naturaleza?

Ortega advertía de que España no podía decaer –según los vaticinios de Spengler– porque habíamos nacido decadentes, producto de razas muy elaboradas. Maeztu hablaba de ruta ideal, mientras Costa pedía echar siete llaves al sepulcro del Cid... Cierto que en estos momentos de caos y desconcierto parecería oportuno ojear nuestra literatura y encontrar en sus denuncias la catarsis superadora de la vieja noche triste.

“Como perecieron nuestros antepasados, como hombres desheredados, por rabia ya que entonces no murieron”, según acredita el poema de Fernán González. Pueblo dividido por odios que en nuestro cantar de gesta suspiraba por buenos señores sin adscripción a grupos ni intereses espurios. También las coplas de Mingo Revulgo, plenas de actualidad, pese a cantarse hace cinco siglos: “Y no miras si te vas / adelante o cara atrás / zanqueando con los pies / dando trancos al través / que no sabes do te estás”. O el insigne Lope de Vega hablando de soledades; “Virtud y filosofía / peregrinan como ciegos / el uno se lleva al otro, / llorando ban y pidiendo”.

Es esa poesía como herramienta cargada de futuro de Gabriel Celaya o el clamor de la patria afligida en los versos firmados por Bernardo López. Acaso la voz doliente de Quevedo en su epístola a Olivares: “¿No ha de haber un espíritu valiente? / ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? / ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?”.

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