Cosas de estos tiempos

|

Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Pero no es verdad.  Eso sería hace mucho tiempo. 
Las cosas han cambiando mucho. Hoy las trampas abundan. Así que, ya no se puede estar seguro de nada. Ni siquiera de lo que vemos. Los montajes de todo tipo están a la orden del día. 
Por otro lado, las contradicciones, la confusión y los dobles raseros son parte del entorno sociológico que nos está tocando vivir. Y ocurren en todos los órdenes. Nada se escapa a su miserable influencia. 
Aunque donde más se dejan sentir estos estragos es en la izquierda actual y en los movimientos feministas.  Las sorpresas abundan en ellos. Porque en la derecha liberal no hay sorpresas, sigue siendo la misma.
Sin embargo, en la izquierda siempre se espera otra cosa. Aunque parece ser que ya no es así. Hoy la izquierda progre y posmoderna se está apuntando a todo –o casi todo–, incluso si es necesario a la sinrazón; a lo mejor lo hace para encubrir otras carencias. Todo es posible.
Una de sus bazas fuertes es el actual feminismo. No importa si hay lógica en algunas propuestas, o si no hay un mínimo de sentido común. No. Lo importante es parecer políticamente correctos.
Aunque a decir verdad tampoco se puede esperar mucho de una izquierda desnortada, miedosa, que acepta con una complicidad disfrazada la bacanal económica neoliberal. Que en realidad es la culpable de todas las injusticias, las exclusiones y las desigualdades sociales; digamos de todos los males.
Pero no vamos a seguir hablando de la izquierda, sino  del relato del actual feminismo. Un relato que dicho sea de paso en otra época hubiera sido un insulto a los oídos de aquellas mujeres que defendían sin complejos la verdadera lucha por la igualdad.
Hay muchos hombres –quizá muchos más de lo que parece–  que siempre han defendido la lucha de las mujeres por la igualdad, pero que hoy se sienten prácticamente desbordados, superados, confundidos, incluso frustrados. Por la sencilla razón de que no se reconocen en estos movimientos de nuevo cuño. 
Algunos expertos creen que estos “motines” feministas están directamente mangoneados desde los centros de poder. Y, ciertamente, hay cosas que no cuadran en algunas de sus reivindicaciones. Porque disfracen como las disfracen hay ciertos reclamos que son un sonoro disparate. Lo triste de todo esto, es que cuando se llega a estos límites se pierden de vista los verdaderos objetivos.  
Hay propuestas absurdas, sin sentido, que nada tienen que ver con la verdadera lucha por la igualdad. Y rebelarse por rebelarse tampoco conduce necesariamente a los cambios. Además, se corre el riesgo de que las reivindicaciones no se tomen en serio.
Lo desolador de todo esto, es que esta cadena de despropósitos y desatinos está haciendo mucho daño a los movimientos feministas. De hecho, los puede liquidar. Están convirtiendo una lucha, que por otro lado es legítima, en el santo y seña de la confusión. 
Hay cosas que están siendo sacadas completamente de contexto. Hoy cualquier tontería puede ser tildada de sexista. Tan es así, que la extravagancia reivindicativa puede hacer que cambiar hasta la letra de un himno nacional (en Alemania propusieron modificar algunas estrofas). 
Total, que al paso que vamos es posible que llegue el día en que propongan destruir algunos cuadros de los grandes maestros del Renacimiento –y de otras épocas– por ser considerados pinturas sexistas. Igual reclaman una gran hoguera pública para quemar esas “bazofias”. Como hacían los nazis con los libros.
Por otro lado, y dada la dinámica que están tomando estas cosas, también se corre el riesgo de darle el tiro de gracia al amor romántico, pues igual entra en los cánones de ser un elemento cultural considerado machista y, por lo tanto, muy peligroso.
Porque si al final modificamos la música, la pintura, prohibimos las películas antiguas, las consideradas sexistas, alteramos las relaciones románticas, entonteces ¿qué nos queda?  Mal vamos si para llegar a la igualdad entre mujeres y hombres hay que falsificarlo todo. Solo nos faltaría que nos programasen como si fuéramos robots. Y eso parece que ya empezó.
 

Cosas de estos tiempos