TOMATES

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Amanece nublado y en el campo vislumbran la luz. Mientras los que sabemos lo que es un establo solo por fotografías nos lamentamos de que termine esta primavera anticipada, quienes se dejan el sudor en la tierra empiezan a respirar.

Incendios en febrero. Caudales que apenas son un hilo. Embalses que muestran más piedra que agua. El mismo sol que nos impulsa a salir de la cama con cara de viernes un lunes deja al borde del llanto a los que sufren cada rayo como un aguijón, una nueva losa en el cementerio en el que ven convertirse su cultivo.

Una vez más la sombra de la crisis. Cosechas perdidas y precios astronómicos. O el recurso a quedarse con lo que llega de fuera. El drama de la agricultura aumentado por los caprichos de la naturaleza. O por nuestra propia culpa, si atendemos a las teorías del cambio climático. Al perro flaco todo son pulgas. Las ayudas nunca parecen suficientes. El futuro nunca semeja prometedor.

Es difícil pensar en ello viendo pasar la vida desde una terraza. El cielo azul y el abrigo ocupando una silla. El café sabe mejor y las noticias parecen menos graves. Ya pensaremos en el precio de los tomates la próxima vez que vayamos a la compra. Un segundo de contrariedad y un par de quejas –hay que ver, qué caro está todo– compensadas con el disfrute de la luz.

Somos agua, pero también calor. Lo buscamos como brújulas humanas y lo agradecemos con buen humor. Celebramos con una sonrisa cada mañana en la que brilla el sol. Ocupamos paseos y parques, remoloneamos en la vuelta a casa, buscamos excusas para estar al aire libre. Para quien solo cuenta con el resplandor de las bombillas sentir la claridad en el rostro es un lujo.

Nunca llueve a gusto de todos. No lo hará este fin de semana, si finalmente las previsiones –amenazas para algunos– se cumplen. Habrá quien se resigne a posponer sus planes, quien deje su huella en el sofá mientras ve correr las gotas por la ventana y quien agradezca al cielo la descarga salvadora.

Mi amiga Marta, que ha llenado sus macetas con tomateras, convencida de que no está muy lejos el día en el que se convertirán en su sustento, o incluso en su negocio, las sacará a la calle para que la lluvia las riegue.

Deseo de todo corazón que se equivoque y que en los balcones siga habiendo flores y no hortalizas. Que no desaparezca un sector fundamental, herido desde siempre y rematado por el (buen-mal) tiempo. Aunque suponga tener que caminar bajo un paraguas.

TOMATES