EL JAMÓN Y LA SANIDAD

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Cristina Fernández no es Evita, ni siquiera Paloma San Basilio cuando le pedía a Argentina que no llorase por ella, pero se cree la reencarnación de la segunda esposa de Perón. Por edad, no está aún en la etapa en la que son normales esos desvaríos, pero tampoco es extraño que esté confusa si su viceministro de Economía, que confiesa que la tiene hipnotizada, afirma sobre sí mismo: “Yo soy keynesiano, primero; después aporté algo, lo modifiqué, lo cambié, pero básicamente soy keynesiano”. Chiquito de la Calzada con acento porteño.

Las explotaciones dedicadas al porco celta (que no es la forma con la que los Riazor Blues se refieren a cierto equipo, sino una raza autóctona de cerdos) son todavía muy pocas

 

Lógico que la presidenta argentina esté aturdida después de conocer semejante confesión y expropie YPF o imponga un multa millonaria a telefónica; en cambio, no se puede considerar que su desorden mental sea la causa por la que ha restringido la importación de jamón ibérico. Al revés, la decisión de Cristina Fernández es propia de la madre protectora de los argentinos, ya que en España, país jamonero por excelencia, se registran al año 57.000 accidentes a la hora de cortar jamón. Si no hay jamones que cortar, no hay ni peligro de accidente ni, por lo tanto, accidente.

La sangría que esos 57.000 “contratiempos” suponen para la sanidad española es incalculable: líquido desinfectante, gasa, vendas, esparadrapo, tiritas, hilo de sutura, agujas... ¡Lo que se podría ahorrar simplemente con prohibir la comercialización del jamón! Pero no, aquí los recortes van en otra dirección: el pago de parte de los medicamentos, de las prótesis ambulatorias y del transporte no urgente a los centros sanitarios.

Salvar el sistema nacional de salud exige, por lo tanto, valor para tomar medidas tajantes. La conversión masiva de los españoles al Islam podría ser una solución, pero ni a Francisco Vázquez ni a Rouco Varela les haría gracia, así que es preferible pensar en otra opción: exterminar la cabaña de cerdo ibérico. El perjuicio para Galicia sería mínimo, puesto que no hay granjas que críen esa especie y las explotaciones dedicadas al porco celta (que no es la forma con la que los Riazor Blues se refieren a cierto equipo, sino una raza autóctona de cerdos) son todavía muy pocas.

En contrapartida a la eliminación de los puercos, convendría impulsar el cultivo de grelos y patatas, productos genuinamente gallegos, hasta que la superficie rural de la comunidad autónoma estuviese colmada hasta el infinito de campos destinados a esos vegetales. Algo así como los “Strawberry fields forever”, pero en versión enxebre.

Así cuando los doentes recibiesen en su habitación del hospital una bandeja con grelos y patatas convertidos en dieta blanda, tras ser sometidos a un riguroso proceso de transformación, no sería necesario cobrárselos. Habiendo semejante cantidad de reservas en los hórreos se venderían baratos y, de paso, se acabaría con los especuladores.

EL JAMÓN Y LA SANIDAD