LA ÚLTIMA FRONTERA

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El panorama electoral griego arrojó esta misma semana una de las imágenes más patéticas que recuerda la Europa moderna. El líder de “Amanecer Dorado”, el partido neonazi que lidera Nikos Mijaloliakos y que ha obtenido 21 escaños en el Parlamento de Atenas, dio su primera rueda de prensa tras los comicios revelando hasta qué punto la tensión que genera la difícil situación del país puede devenir en el resurgimiento de estas caricaturescas figuras. Basta solo el hecho de que los matones que lo rodeaban obligasen a los periodistas a ponerse en pie –caso contrario eran expulsados de la sala– para ilustrar la pérdida del más elemental respeto por los derechos humanos. Amanecer Dorado hizo su campaña casi puerta a puerta, repartiendo comida y ropa en los barrios más pobres y exclusivamente a griegos. La reacción de los periodistas, incrédula pero al fin y al cabo basada en el evidente deber que entraña su trabajo, encontraría sin duda reflejos más que suficientes en otros momentos históricos a los que no ha estado ajeno ningún continente. Desde la Alemania de Hitler a la dictadura de Pinochet, la España franquista o la Italia fascista, las dictaduras islámicas y asiáticas, o la comunista, por citar solo algunos ejemplos, el único contrafuerte que sostiene esta profesión es el de ser testigos de los acontecimientos, independientemente de quien gobierne o imponga. La labor periodística digna y honesta –que también la hay de la otra– es, en todo momento y ante cualquier circunstancia, la última frontera a superar por quienes, bajo el epígrafe de salvadores de lo propio o lo ajeno, no ven otra necesidad que dejar patente su ignorancia bajo el respaldo de la imposición pura y dura.

Algo debería mirarse Europa a sí misma cuando lo que las urnas constatan es el crecimiento de un radicalismo trasnochado, sufragado por la desesperación...

 

Crecidos incluso al abrigo de la democracia, la más básica de las debilidades humanas, que no es otra que la del miedo, hace acto de presencia. Miedos no sobran en estos momentos, y menos en países como Grecia, atenazada ya no solo por las dificultades económicas y sociales si no por el simple hecho de verse incapaz de definir su futuro político bajo el más elemental criterio de la unidad. Por eso la principal aportación de Amanecer Dorado pasa por minar, literalmente, las fronteras. “No para matar a nadie” –dice el brabucón–, sino para disuadir, para evitar que entren. Diría más, de paso para impedir que nadie salga, salvo los inmigrantes, claro está. Curioso cómo unos se copian a otros y recurren al más débil para fortalecerse.

Algo debería mirarse Europa a sí misma cuando lo que las urnas constatan es el crecimiento de un radicalismo trasnochado, sufragado por la desesperación, el desaliento o el simple hambre y frío. El tremendo peso que están soportando las clases más desfavorecidas, e incluso la media, tiene este tipo de facturas. Queda, a pesar de ello, ese otro espécimen raro e impagable en la inmensa mayoría de las ocasiones: el que tal vez se levantó pero que lo hizo solo para informar de la realidad.

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