Albert Rivera también le coge gusto al mundode la casta

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LEVITAR es peligroso; si uno llega a un lugar con niebla o donde no funcionan los dispositivos de ayuda al aterrizaje, es fácil que acabe capotando. O Albert Rivera, el político antes conocido como Adolfo Suárez, sabía que al visitar Galicia se exponía a ese doble riesgo o está harto de moverse un palmo por encima del suelo, pero el caso es que durante su estancia en Vigo echó pie a tierra y no cojeó; pisó con el garbo con el que lo haría cualquier histórico miembro de la casta: al candidato purgado en A Coruña, Antonio Rodríguez, le dijo que lo iba a recibir el maestro armero y cuando le preguntaron por la número uno por Pontevedra, María Rey –conocida por falsificar una tarjeta de aparcamiento para minusválidos y porque ocultó información de sus sociedades– respondió: “¿Otros partidos han sido más ejemplares?” Lo dicho, entre la casta se siente como en casa. 

 

Albert Rivera también le coge gusto al mundode la casta