Insomnio

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Quizás por querer estar siempre despierto me ha abandonado últimamente el sueño. Algo parecido al gorrión de Rabindranath Tagore que sentía lástima del pavo real, cargado así de su cola. El edredón que tapa nuestra cama con reiterada frecuencia clava sus puntos ansiosos y me impide conciliar el sueño. Ciertamente, posiblemente de inmediato, el hombre de la Edad de Piedra descubrió junto al espacio físico de la caza y los trabajos manuales el mundo onírico que le permitía hablar con el camarada abrazado por el oso o aplastado por el mamut. Al correr de los tiempos los oráculos, sibilas y charlatanes ocasionales abrirán camino al psicoanálisis que revolucionará la psiquiatría y dará en grandes artistas como Salvador Dalí o, a nivel doméstico, Urbano Lugrís destrozando su capacidad proteica y creadora por las tabernas gallegas.
Lo cierto es que el estrés diario, el carpe diem propio, el no dilapidar un segundo nos empujan a buscar medicamentos hipnóticos. Que induzcan al sueño y reduzcan las horas despiertos prolongando el sueño y mejor calidad. Pero sólo quienes no logramos pegar los párpados sabemos la desesperación que acarrea. Vueltas, revueltas, frío, calor. Mientras la angustia hace presa en el corazón dado que hay que luchar contra uno mismo sin poder recuperarse a trote de caballo. Atrás quedan los sueños de Calderón o las dudas del príncipe Hamlet. O los problemas del mundo globalizado de mangantes que nos rodean y exprimen como limón que después se tira a la basura. En el silencio opresivo del dormitorio se aposenta Sigmund Freud y sus investigaciones sobre la histeria. Pese a ello –abandonado como método y doctrina– el psicoanálisis se perfiló al dejar de lado el procedimiento hipnótico hacia una terapéutica de descarga psíquica. Situación equiparable a la muerte. “Ahora voy a dormir” (Lord Byron). O Alfred de Musset, víctima de pertinaces insomnios, ¡Dormir! ¡Por fin voy a dormir!”

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