EUROPA Y SUS DEMONIOS

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Jean Claude Juncker, ex primer ministro de Luxemburgo, advirtió sobre la posibilidad de una insurrección popular en Europa, es decir, una especie de “primavera europea”. También añadió que algunos políticos, erróneamente, creen que las guerras en Europa son cosa del pasado.
Es obvio que el señor Juncker dijo cosas interesantes. Y que deberían hacer pensar a más de cuatro. Los medios europeos, esas “armas” de destrucción masiva de la verdad, difunden el cliché de que no son posibles más guerras en Europa. Los hechos acaecidos en Ucrania nos demuestran cuán frágil es todo. Acualmente hay naciones que estarían dispuestas a entrar en guerra con sus vecinos con tal de mover las fronteras para ampliar sus territorios. En esta vieja Europa existen conflictos “dormidos”, no resueltos por las guerras ni por los pactos, ni siquiera por el tiempo. Sencillamente siguen estando ahí.
La realidad es que Europa está regresando paulatinamente al período de entreguerras, tanto desde el punto de vista económico como del geopolítico. Es como si de pronto olvidara su pasado para volver a repetirlo. Marx decía que la historia siempre se repite, primero como tragedia y más tarde como farsa. La ceguera de los políticos puede llevar a Europa a un callejón sin salida. En Bruselas están manteniendo un pulso geopolítico con Moscú, el cual puede resultar peligroso, tanto desde el punto de vista económico como del político. Algunos países, con tal de hacerle la puñeta, están apoyando incluso a grupos radicales anti-rusos. Eso se llama, aparte de irresponsabilidad, hacer trampas o jugar sucio. Tales “encerronas” están cargadas de peligros, puesto que se las están haciendo a una superpotencia, que además posee un poder destructivo aterrador. En todo esto hay una verdad incontestable: la seguridad europea se construirá con Rusia o no se construirá.
Por otro lado, desde Bruselas se contemplaron las algaradas callejeras árabes –la llamada primavera árabe– como algo lejano. Digamos ajeno a nosotros. Algunos creen que esas cosas no podrían ocurrir aquí, en la “civilizada” Europa. Pero si la pobreza sigue extendiéndose y la brecha económica entre ricos y pobres aumentando, se producirá el divorcio definitivo entre los ciudadanos y las élites políticas; por lo tanto, llegaremos a una etapa en la cual, indefectiblemente, se producirá el gran estallido social. Quizá todavía no se cumplen las condiciones objetivas para que eso suceda, pero nos encaminamos a ellas precipitadamente.  
En Francia vemos que el FN sigue avanzando en las cuestas. Lo cual significa que puede llegar a tener los votos suficientes como para alcanzar el Elíseo en las próximas elecciones presidenciales. Si eso llegara a ocurrir posiblemente fuera el final de la Unión Europea. En cualquier caso, los partidos con programas radicales –digamos anti-establisment europeo– están avanzando en varios países. Bien es verdad que algunas de esas naciones son demasiado pequeñas, incluso insignificantes, para que tengan una incidencia política importante a su alrededor; sin embargo, si llegaran al poder en un país tan importante y decisivo como es Francia, la situación en Europa podría cambiar.
Los partidos radicales, que hasta no hace mucho eran testimoniales, se están haciendo fuertes en varios países; reflejan el descontento generalizado de una buena parte de la UE, además de convertirse en los interlocutores válidos de millones de personas. No debemos olvidar que los partidos tradicionales –la derecha y la socialdemocracia, que llevan alternándose en el poder desde finales de la II Guerra Mundial– están desacreditados por haberse convertido en perritos fieles de los poderes financieros. Los ciudadanos ya no creen en ellos. Eso significa que una parte del electorado está explorando “otras” alternativas; una de ellas es votar a otros partidos. Y la otra, probablemente, sea la sublevación contra el “establishment”. Los viejos demonios (conflictos bélicos, cambios políticos radicales e insurrecciones violentas) están paseándose de nuevo por Europa. Y la  clase política europea es responsable de su retorno.

 

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