Terquedad

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Insisto. Estoy orgullosísimo de ser español. La nación más antigua de Europa, paridora de mundos, fuente cultural de primera línea, creadora del Derecho Internacional, el código de las Siete Partidas y las Leyes de Indias. Mi amor me ha deparado contrariedades y también sabor de grandezas. Aunque me amenazaran de muerte o asustasen a mi mujer diciéndole que fuese preparando el traje de luto… Todo lo doy por bien empleado y admito la unidad histórica de mi patria al dicho de Marcelino Menéndez Pelayo, aunque mis dudas de fe a veces sean abismales y asalten –sin la entereza tradicional del carbonero– con frecuente vehemencia.
Pero para ser necesitamos identificarnos. El lema del oráculo es buen anteojos. Conócete a ti mismo. Comprende tus miserias y pequeñitas virtudes. La pasión del hombre, postulaba Sartre, es inversa a la de Cristo, pues el hombre se pierde en tanto que hombre para que nazca Dios. Debato un problema moral de largo alcance. Nada más y nada menos si debemos defender España hasta el último aliento o dejarla consumir por cuatro nihilistas de asamblea de facultad universitaria, profetas del nuevo apocalipsis cuyos caballos solo se detendrán para abrevar en nuestras instituciones. Proclaman una patria retórica de sacristía laica –comparecencias en topless en la capilla de la Complutense– y pandereta indígena bolivariana para afrentar la Fiesta Nacional. O se asocian con burgueses, nacidos a los pechos de nuestra Carta Magna, para ganar escaños y chupar las ubres –vía impuestos– de los compatriotas a quienes pretenden decir adiós con estúpida soberbia.
Hay que volver a la vida como razón orteguiana. La criatura humana no es un ente dotado de razón, sino una realidad que tiene que usar de la razón para vivir. Vivir es tratar con España y dar cuenta de ello, no de un modo teórico y populista, sino de modo concreto y plano en su pluralidad… ¿Nos sobra la mitad del lecho y falta la mitad del alma?

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