PORCENTAJE DEL DESÁNIMO

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Los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística revelan que el porcentaje de parados en España supera ligeramente el 26 por ciento, lo que se traduce en que, al concluir 2012, el número de desempleados se sitúe ya al borde de los seis millones. Se constata así que la ocupación sigue bajando, lo que evidencia que ninguna de las medidas adoptadas por el Ejecutivo central aporta resultados para invertir los términos. Estos no sorprenden en sí mismos, sobre todo porque, en cierto modo, el mensaje político no es ya tanto el de la creación de empleo como el de la contención de la sangrante caída de la oferta laboral.

La estadística está sujeta a múltiples interpretaciones. Un ejemplo: si tomamos como referencia los 5.965.400 desempleados computados a 31 de diciembre y contemplamos la caída de la población activa que aporta el colectivo carente de la más mínima expectativa de trabajo o de quienes emigran para tener realmente otra alternativa, que suman 176.000, nos encontramos con que este último colectivo representa casi un 3 por ciento de afectados.

Visto lo sucedido hasta ahora, de poco sirve establecer comparaciones como la de que en el último trimestre de 2012 se hayan contabilizado 100.000 parados menos que en idéntico período del año anterior. Sin duda, el peor síntoma de una recesión es la pérdida del trabajo, pero también se supone que de tal estado se espera, cuando menos, cierta expectativa, si no del todo de recuperación sí al menos de no darse por vencidos, que es lo que, por lo que se evidencia, aporta un porcentaje más que significativo.

El desánimo gana enteros en una sociedad que presenta síntomas tan elocuentes como el de la desconfianza en la clase política y, por extensión, en las instituciones. Mientras que a la primera le resulta más difícil eludir realidades como la de que el 16,45 por ciento de los hogares tengan a todos sus miembros en paro, a la clase política parecen sobrarle argumentos, cuando no evasivas, para explicar los hechos, sea en un sentido o en otro, tanto desde el Gobierno como desde la oposición en general.

Por no citar ejemplos como el que supone centralizar todo debate en cuestiones como la soberanía para justificar o diluir otros frentes más preocupantes y que consumen a buena parte de este país.

Puestos a hablar de estadísticas, y ya que incluso el desánimo –fruto de la desesperación–, parece computar, tal vez no estemos lejos de contabilizar la tasa de corrupción o la de compromiso de quienes se supone que representan también a esa voraz cifra del desempleo, resumen de lo que, en definitiva, somos como país.

PORCENTAJE DEL DESÁNIMO