EL ESTADO DE LA BANALIDAD

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Decía Antón Chéjov que “no hay nada más espantoso, insultante y deprimente que la banalidad”. Banal es el equivalente a común o trivial, también a insustancial. Viendo la cara de ingenuidad con la que el expresidente de la Generalitat Valenciana, Francisco Camps, saludó el contenido expreso de las conversaciones grabadas sobre la trama Gürtel que lo calificaban de “gilipollas” –ya saben, todo eso de “amiguito del alma” y trajes sin presuntas ¿o supuestas? facturas– por supeditar una reunión con empresarios a otra con el embajador de EEUU, la banalidad con la que habitan estos días el banquillo de los acusados, consustancial a un rostro casi impasiblemente tenso, casi paralelo al de su acompañante en el banquillo de los acusados, Ricardo Costa, flotó por un momento en el aire, ajena a ambos. Tal vez quiera decir la cosa, ese leve gesto de sorpresa, de incredulidad, de descrédito con el que parece saludar el hecho de que alguien con quien tanta relación, confianza y familiaridad tenía, que todo lo demás, salvo lo soez, salvo el insulto, carece de importancia. En resumen, que lo único que parece molestar es el insulto y no precisamente el resto de los contenidos de las conversaciones en las que ambos políticos abordan cuestiones tan peregrinas como la de utilizar a los promotores de la trama como intermediarios de sus intereses o el acceso a caviar de primera, carece de importancia.
Otro ruso, Fiódor Dostoyevski, abordó la cuestión de los idiotas desde un punto visceral y ocurrentemente muy diferente al que empleamos de forma habitual. El príncipe Mishkin, protagonista de “El idiota”, adquiere este calificativo de desprecio por ser precisamente un hombre dotado de inteligencia y bondad, de sentido de la corrección y la justicia. Mishkin es además una persona que se da cuenta de las cosas, que las sopesa y que reniega de los abusos pero también que es incapaz de actuar con el más leve signo de maldad.
Aterra la simple idea de pensar, aunque sea solo por un momento, que algunos políticos –con la lógica y necesaria cautela que conlleva, en este caso, el concepto de la inocencia mientras no se demuestre lo contrario– lo que pretendan ser sea todo menos “idiotas” o, cuando menos, lo más banalmente posible, como evidencian esas caras, a veces gachas, pero sobre todo aparentemente ausentes, que hemos visto estos días en el juicio.  Para el espectador común, la simple constancia de ver que, al fin y al cabo, esto de la política es como ir al mercado, en que tanto se puede venir con la bolsa llena como vacía teniendo en cuenta el precio de las cosas y el día del mes, percibir que esto de ser idiota es todo lo contrario a lo que creía, debe ser un verdadero descubrimiento. Triunfa, o parece hacerlo, por lo tanto la banalidad, lo superficial, el traje a medida una talla por debajo de la necesaria, la trivialidad, en fin, de obviar todo lo ajeno.

EL ESTADO DE LA BANALIDAD