Ser mujer

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El 7 de noviembre se convocó una manifestación contra la violencia machista. Muchas organizaciones de mujeres acudieron en la marcha hacia Madrid para decir basta y exigir no más mujeres asesinadas. Unas horas después perecían cuatro mujeres.  
En pleno siglo XXI,  a pesar de las políticas de igualdad, leyes represoras contra la violencia, en los últimos diez años han muerto unas 700 mujeres a manos de sus parejas. Y a esta estadística debemos añadir, los casos de lesiones, abusos sexuales, y otras formas de represión que constituyen una cara más de lo que se entiende por violencia. Ha sido, y sigue siendo en muchas partes del mundo, un delito oculto, invisible. 
La consideración de que las mujeres son objetos de propiedad de los varones de la familia, y por extensión de todos los varones, y que deben estar sujetas a ellos, obedecer, mantenerse en la sombra, cubrir las necesidades y satisfacer los deseos de ellos es la regla de oro del patriarcado. Si el poder es masculino, la capacidad de corregir y castigar también es de ellos. La violencia explícita o la amenaza de recurrir a ella se utiliza como una forma de control sobre la vida de las mujeres, y ese miedo se transmite de generación en generación. 
El recurso a la violencia está presente en todos los países del mundo, si bien es cierto que en aquellos donde los derechos de las mujeres no están siquiera contemplados formalmente, su situación es verdaderamente desesperada.
Hoy en día es una evidencia que tanto en el Estado Español, como en la casi totalidad de los países de nuestro entorno las chicas ya son mayoría en los estudios superiores. Ciertamente, la presencia de mujeres en las aulas como alumnas y paulatinamente como profesoras comprometidas con los valores feministas, ha ido modificando el escenario cotidiano de las universidades, y ha promovido e impulsado la consolidación de los estudios de género, de gran vitalidad y reconocido prestigio, que han hecho posible una revisión crítica de buena parte de los saberes tradicionales, aportando, entre otras cosas el análisis diferencial entre sexo y género, y la necesidad de la introducción de la variable género como parte fundamental para la construcción del conocimiento. 
Sin embargo, persisten comportamientos que siguen causando sorpresa. Chicas que no se ponen su jersey favorito porque a su novio no le gusta; adolescentes que tiran una falda porque a su chico les parece demasiado provocativa. Muchachas que le dan a su pareja las contraseñas del móvil para que vean que no tienen nada que ocultar… 
Se sigue considerando que los celos son una muestra de amor. Persisten, por lo tanto, comportamientos en absoluto justificables, donde las mujeres se sienten dependientes del varón, quizá motivadas por esa idea mal entendida de “agradar” a su pareja. Son muchos los mitos sobre la violencia de género que solo contribuyen a reproducirla y perpetuarla. Hay todo un patrón de conductas que deberían alertarnos.  Y, una vez, dentro de una relación violenta, la dificultad para salir es proporcional al tiempo que se lleva en ella.
Pervive la sociedad de los “dichos”: un hombre no maltrata porque sí. Algo habrá hecho ella para provocar. Esto lleva a justificaciones sutiles como esas noticias en las que leemos “ella le abandonó” “Asesinada porque tenía un amante” “porque se fue con otro”, “porque le quitó a sus hijos”... Está también esa otra parte tan perversa de “raro es que no lo haya hecho antes porque era insoportable”, “yo no hubiera aguantado tanto”, etc. 
Y las mujeres pobres no sufren más violencia, aunque sí tienen menos medios para salir de ella sin ayuda de la asistencia social o los recursos públicos. 
Las mujeres con posibilidades económicas suficientes pueden alejarse de su maltratador “sin escándalo” con relativa mayor facilidad y, salvo casos puntuales, su situación de víctimas no se hace pública. 
Pero, no nos engañemos, el principal de esos factores de riesgo es uno: ser mujer.
 

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