SE BUSCAN

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Llenemos las calles de carteles que griten por una vez y para siempre nuestra irrenunciable vocación de hallarlos y juzgarlos con la grave honestidad que merecen; y una vez juzgados, llamarlos a la ardua tarea que ellos mismos han dispuesto merecer con sus actos.
No esperemos que inicien o se pongan a la cabeza de su búsqueda autoridades e instituciones. No lo van a hacer. Están en otras tareas. Rehúyen ese quehacer que las humilla y califica. Prefieren ignorar que están ahí y también lo que hacen. ¿Cómo saberlo y no hacer nada? ¿Cómo y ante quién justificar su mal disimulada indiferencia? Ellos, como todos nosotros, conocen lo importante que es hallarlos, identificarlos y ponerlos a buen recaudo. Pero no nos hagamos ilusiones, ni ellos ni ningún otro organismo internacional lo va a hacer. Tenemos que ser nosotros los que entendamos que es labor y responsabilidad nuestra y que la debemos enfrentar cuanto antes y sin demora ni pretexto. Porque de su resolución dependen nuestros futuro y el de nuestros hijos. No en vano la convivencia y la salud de nuestros derechos y libertades individuales y colectivas pasan por el cuidado que pongamos en esta misión que no solo nuestra condición sino también nuestra conciencia y razón demandan. 
Jamás debimos permitir que nos faltaran, que se convirtieran en fugados, en perseguidos, en forajidos. Son hijos de la honradez. Hombres honrados. Los necesitamos y urge encontrarlos.
 

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