Referéndum de moda

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Están de moda los referéndums. Acaban de celebrarse en Colombia y Hungría. A finales de junio votó  Gran Bretaña. Y  dentro de un par de meses escasos le tocará a Italia. Ya no hablemos de Suiza, donde la llamada a las urnas  para cuestiones de política ordinaria es más que habitual. La última, hace quince días. En Estados Unidos,  California se lleva la palma en esta modalidad de democracia directa.
Son utilizados para dilucidar todo tipo de asuntos: unos trascendentes, y otros no tanto; unos sencillos de comprender por el ciudadano de a pie y otros bastante complejos; unos derivados de mandato constitucional  y otros convocados por voluntad del Gobierno respectivo; unos ineludibles y otros, si acaso,  innecesarios. 
De todas formas, se va asentando la idea de que someterlo todo a examen popular directo es lo políticamente correcto, como si la representatividad parlamentaria no fuera un instrumento legítimo y suficiente para considerar qué destino dar incluso a propuestas de calado.
Para no pocos comentaristas, el referéndum de Colombia bien puede ser tomado como relato de convocatoria innecesaria. La reelección en 2014 del hoy más que insólito Nóbel  Juan Manuel Santos con más del 50 por ciento del voto en segunda vuelta, constituyó por sí misma –argumentan- un respaldo en las urnas al proceso de paz, habida cuenta de que las negociaciones con las FARC fue ya tema central en la campaña. Del bréxit bien puede decirse algo parecido.
Suele tratarse, además, de materias harto complicadas donde la letra pequeña resulta tan decisiva o más que los grandes titulares. En este sentido, ¿qué se les pudo alcanzar a los rudos brexiters sobre las consecuencias de desgarrar de un tirón el complicado tejido europeo que se había ido hilando pacientemente durante cuatro décadas?
¿O qué puede haberles llegado al común de los  colombianos de un acuerdo de casi trescientas páginas y de la aplicación, por ejemplo, de esa tela de araña que es la “jurisdicción especial para la paz” establecida para juzgar delitos no amnistiables?  
Tampoco habrá que olvidar que en más de una ocasión los referéndums se han aprovechado para someter al Gobierno de turno a un voto de castigo por asuntos  que poco o nada tienen que ver con el objetivo de la consulta. Al respecto se recuerda lo que le sucedió a Chirac cuando los franceses (mayo de 2005) rechazaron la ratificación de la Constitución europea.  
Finalmente llaman la atención convocatorias que lo fían todo a las encuestas favorables y no conllevan en la recámara lo que podría llamarse un plan B. Esto es, una alternativa al eventual fracaso. Encuestas que,  como en Colombia y Reino Unido,  luego fallan con estrépito. 
En definitiva, que esta celebrada modalidad de democracia directa debería ser manejada –me parece- con mucho más cuidado.
 

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