ZONA CATASTRÓFICA

|

Smos muchos –más de lo que se pueda imaginar– los que nos lamentamos hasta echar pestes de lo que por acción u omisión hicimos los gallegos con nuestra tierra. Miles de voces se han venido alzando desde hace algún tiempo contra la destrucción del paisaje, el mal gusto arquitectónico, la pérdida de identidad, la horterada y la insistente transformación y domesticación de la naturaleza hasta extremos que rozan la demencia. Ejemplos hay a miles. Huelga enumerarlos.
Entre tanta reivindicación folclórica del amor a la tierra, tanta pose identitaria y tanta proyección de una cultura y exaltación de un entorno idílico, los gallegos hemos ido haciendo de Galicia un estercolero, un lugar donde el mal gusto se ha impuesto. Arrasamos bosques, construimos carreteras que no llevan a ningún sitio, levantamos construcciones de pesadilla a diestro y siniestro; a diestro y siniestro crecieron los polígonos industriales, inmensos eriales de hormigón y uralita. La basura se amontona al borde de los caminos, convertimos los ríos en cloacas y allí donde el cemento aún no se ha hecho dueño, ya no crecen árboles autóctonos, sino eucaliptos depredadores, un acelerante para el fuego que plantan con insistencia y precisión tarados y descerebrados. Los incendios arrasan indiscriminadamente todo lo que encuentran.
Entre tanto despropósito, cabe recordar que la costa ha sido la más asediada por la ignorancia, la corrupción y la avaricia. Hasta el maltrato. Logramos hacer de pueblos y villas marineras, que por su ubicación y estructura serían celebrados por todo el mundo, algo parecido a suburbios feos y grises, similares a los más cochambrosos barrios que hayan crecido en los límites de cualquier ciudad. Todo para que, luego, los más viajados –autores incluso de los mayores desaguisados urbanísticos y ecológicos– regresen babeando y hablando maravillas de lo hermosos, tradicionales y bien conservados que están los pueblos por ahí adelante y la naturaleza tan natural que han visto.
Creyeron que unos paseos marítimos darían prestancia y atracción a sus localidades y con el dinero que llegó de Europa a espuertas se cementó, se alicató y se llenó de mobiliario urbano hasta el último metro de costa.
Pero cierto día el mar se enfureció. Reclamó su espacio e hizo algunos estropicios. Nada. Si acaso un par de chiringuitos derreados y alguna casa al borde de la playa. Pero para un país que vive de la subvención eso significa el apocalipsis. No han tardado los burgomaestres gallegos en acabar langreando cuartos. No hay nada más excitante para un alcalde que oír eso de “zona catastrófica”. Es música celestial. O sea: pasta fresca.
Con todo, creo que el mar solo hizo unos arañazos. Mejor hubieran sido zarpazos. Ver el océano amenazando esos esperpentos fue un toda una revelación. Lástima. Otra vez será.

ZONA CATASTRÓFICA