Rearme y desarme

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Nada justifica la muerte de un hombre. El respeto por la vida debería ser el primer elemento de nuestro sistema ético y estético. Porque vivir es la razón de toda moral y también de toda belleza. Sin embargo, nos hemos acostumbrado, como las más perversas y feroces de las bestias, a forzar ese principio como forma de protesta o intervención en la vida pública o privada. 
Siento rota mi vida y busco solucionarlo rompiendo la vida. Deseo pasar a la historia y no hallo mejor modo que asesinar. Me siento tratado injustamente e injustamente asesino. Vivo en la injusticia y caigo en la injusta actitud de asesinar. Quiero hacerme oír y callo para siempre a otro. No matamos en defensa propia, matamos en la impropia defensa de ser en los otros. Es así y así lo constatamos todos los días en las calles y casas de cualquier rincón del planeta. Lo llamamos homicidio, asesinato y a sus autores homicidas, asesinos, terroristas, psicópatas… Los nombramos buscando justificarlos. Indagamos en sus razones obviando la razón principal, su falta de derecho para privar de la vida a otro.
Me niego a que las armas sean las culpables, que la injusticia sea suficiente, que la fe o la causa se entiendan como razones. No hay razón que valga una vida, porque la vida es la única razón que poseemos. La única certeza que atesoramos. Y cuando la ofendemos hasta ese extremo no hay razón que lo soporte. Ese ha de ser el rearme que preceda al desarme. 

Rearme y desarme