El campo de los conflictos humanos

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Soy más que nunca nos necesitamos unos a otros. Sólo hay que escuchar el testimonio de las agencias humanitarias, asistiendo a decenas de millones de personas necesitadas, salvando millones de vidas, restaurando esperanzas perdidas, reponiendo ilusiones, e incluso, regenerando territorios afectados por conflictos y desastres naturales. Ya está bien de tantas luchas innecesarias, en permanente batalla entre la realidad y la conciencia. Abandonemos este campo de hostilidades, volvamos al pensamiento armónico y reaparezcamos como personas de paz, dispuestas siempre a contener nuestras furias desde la exploración más auténtica. No podemos seguir alimentando la confusión de conceptos, ni tampoco alentando un modo de vida basado en producir y disfrutar. Toda esta atmósfera de falsedades lo único que favorece es un juego de esclavitudes como jamás hemos tenido la especie humana. Por eso, es importante decir ¡basta!, prepararnos para la relación entre diferentes, mediante una pedagogía comprensiva, orientada a reconducirnos, con lo que esto significa para la formación del carácter, para el dominio y recto uso de las cosas, sabiendo que todos somos únicos, necesarios e irrepetibles.
Realmente, el olvido de la verdad, la perversión permanente de las costumbres, la inmoralidad que nos gobierna en buena parte del planeta, nos hace retornar la mirada a muchos de nuestros antecesores y ver, en ellos, nuestros propios desafíos. En este sentido, el cardenal J.H. Nuewman, gran defensor de la naturaleza humana, llegó a afirmar que “la conciencia tiene unos derechos porque tiene unos deberes”. Ciertamente, así es, lo que nos exige coherencia y congruencia con nuestras actuaciones, que han de ser conformes al ansiado bien colectivo que todos añoramos. Es, pues, urgente que estemos en disposición de auxilio. No podemos quedarnos con los brazos cruzados. Hay gentes que no pueden esperar por más tiempo. En general, más de 145 millones de personas en todo el mundo necesitarán asistencia y protección humanitaria, requiriendo más fondos que nunca para ayudarlos. La solidaridad, por tanto, tiene que llevarnos a dar respuestas contundentes y a asociarnos más estrechamente con las agencias de desarrollo. En la misma línea de compromiso, las leyes de migración tienen el deber de cumplir con los derechos y la protección de los niños. Ojalá los líderes mundiales y los legisladores reunidos en Puerto Vallarta (México), del 4 al 6 de diciembre, forjen un consenso sobre los compromisos políticos y financieros de conformidad con la Declaración de Nueva York para los Refugiados y los Migrantes y la Convención sobre los Derechos del Niño. En cualquier caso, no perdemos la esperanza de que así sea.
Sabemos que los niños refugiados y migrantes son especialmente vulnerables a la xenofobia, el abuso, la explotación sexual y a la falta de acceso a los servicios sociales. De igual modo, también nos consta que muchas personas mayores piensan que su vida tiene menos valor y, como resultado de ello, son más proclives a la depresión y al aislamiento social. Lo mismo sucede con las mujeres, a la vez que hace falta poner fin a la violencia contra ellas y las niñas, es menester que nadie se quede atrás. Nos hace falta, en consecuencia, otro entusiasmo tan reparador como activista. En ocasiones, la vida se nos torna absurda y es preciso mirar más allá para poder observar la mano de otros unida a la nuestra, siempre tendida y extendida, creciendo en el amor que es lo que realmente da valor a nuestro vivir. Perpetuamente saludable, es sumar fuerzas para aliviar lamentos y asegurar que el sufrimiento sea más llevadero y no se vuelva a repetir. La tarea no es fácil y ha de ser continua, se trata de  hacer del mundo un lugar mejor. Convencido de que a esta sociedad la cambian los entusiastas, injertados al espíritu del voluntariado, siempre en guardia como los verdaderos poetas de  corazón y vida, personas que se convierten en ciudadanos del mundo, dispuestos a darlo todo para fraguar nuestro futuro común en un planeta totalmente globalizado, donde han de respetarse la peculiaridad de cada ser humano. Pensemos, por tanto, en la manera de conversar coaligándonos de manera sólida, con abecedarios éticos, para que faciliten el encuentro, con la estima a toda savia humana. Indudablemente, el recurso al poder de las armas para dirimir las controversias no tiene sentido, en la medida que es una derrota a nuestro propio espíritu de raciocinio y a nuestra diferencial existencia.
No se puede parcelar el mundo. La especie humana está llamada a entenderse. Nos unen tantos lazos que tiene poco sentido activar las divisiones. Hemos de ser una familia, y como tal, hemos de saber convivir sin muros. No puede cohabitar entre nosotros distancia alguna, puesto que todos nos necesitamos. Por ello, es importante mirarnos profundamente y vernos en faena, para sentirnos ciudadanos de abrazo auténtico, de compromiso hacia los más débiles. No olvidemos que, más de 140 millones de personas en todo el planeta, necesitan ayuda humanitaria para sobrevivir. Es evidente, que requerimos cooperar mucho más los unos para con los otros, hasta sentirnos parte de la estirpe. Por cierto, ya en su  época el insigne escritor Francisco de Quevedo (1580-1645), dictaminó aquello de que “los que de corazón se quieren sólo con el corazón se hablan”. Cuánta razón hay en ello. Por desgracia, horrorosamente advertimos que en el camino de la historia, también ahora, no hemos sabido preservar la unidad que injertan latidos comunes. En ocasiones surgen incomprensiones, conflictos, tensiones, que lo único que fomentan es la fragmentación. De ahí, lo trascendental que es educar para la concordia, justo para poder manar y emanar esa comunión de sentimientos conciliadores.
La reconciliación, por ende, ha de ser un continuo cultivo entre los humanos; máxime en estos momentos en los que hemos acortado todas las distancias físicas, no así las espirituales que son las que verdaderamente nos hermanan como moradores de un mundo globalizado.

El campo de los conflictos humanos