Insondable

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Si dijese que le conocí, mentiría. Pero lo vi personalmente solo en una ocasión, seguramente a finales de los ochenta, porque sí sé que acababa de empezar mi actividad en esta profesión. Entonces, Ferrol, por no tener, ni tenía más espacio conocido para una rueda de prensa fuera de los habitáculos municipal o sindical que no fuese –todavía hoy desconozco el motivo– la trasera, un teleclub ya desfasado, de una conocida cafetería del Cantón. Algunos dirían que fumaba compulsivamente, pero lo hacía lentamente, sin caladas demasiado intensas que dejaban buena parte de la bocanada en la boca y ascendían por esas lentes gruesas y grandes que lo vestían. Fumaba, eso sí, de forma continuada, casi encendiendo un cigarrillo con el otro, casi del mismo modo en que el montaje de la entrevista televisada por La 1 en la noche del lunes nos podía ilustrar. Ya no era el secretario general del PCE y su presencia en la ciudad –entiendo– estaba ligada a la figura de Rafael Pillado en aquel proceso que llevó a la integración del PTE en el PSOE. Visto en la cercanía no se ausentaba en absoluto de la imagen que transmitía ni la televisión de entonces ni la del pasado lunes. Contrariamente, hay quien no parece en la realidad lo que es en la distancia; no es el caso. Carrillo, por algún motivo que se me escapa, a pesar de las arrugas cada vez más profundas, del cada vez más escaso pelo o de las manchas de la piel de la vejez, es –era– de esas personas que parecen ser siempre las mismas. Fernando Jáuregui, en el coloquio de La Noche del lunes, que se confesó exmilitante comunista y presumió de haber intimado –o casi– con Carrillo –no sé qué motivo nos lleva en demasiadas ocasiones a acrecentar el conocimiento de los muertos, sobre todo si tienen trascendencia– lanzó el exabrupto de que el líder comunista se había convertido en monárquico. No lo debía conocer tanto, o al menos poco o nada de él le quedó en la memoria de la distancia, cuando lo dijo, sobre todo cuando el comentario siguiente de un contertulio desarmó sin ningún género de dudas tal afirmación. Gaspar Llamazares le invitó a que mirase la bandera que cubriría el féretro. No faltaron ni Paracuellos, sombras entre las luces –recurso de titulares–, ni su expulsión del PCE. Lo primero escocía al propio Carrillo; sobre lo segundo se sonreía. Como tampoco esa imagen dura, en la lejanía ya, sentado en el Congreso de los Diputados, sabiéndose ya muerto en ese preciso instante, ajeno a los tiros, como Gutiérrez Mellado, ambos fogueados en la indigencia de la supervivencia, tan insondable como lo vi en Ferrol o en su testimonio final. De todos ellos, solo queda Suárez.

 

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