RESIGNACIÓN Y CONFORMISMO

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No ha resultado fácil, a través de los grandes periódicos nacionales, hacerse idea cabal de la manifestación celebrada hace ocho días en París para reclamar la retirada y, eventualmente, la convocatoria de un referéndum sobre el proyecto de ley conocido como “matrimonio para todos”. Porque entre lo poco que han informado unos y el sectarismo desplegado por otros, lo cierto es que no pocas claves de la magna concentración habida en la capital francesa habrán quedado para muchos en el tintero.

Se trata, como se sabe, de una promesa electoral del presidente Hollande, que en este y otros asuntos sigue la senda de nuestro ínclito Rodríguez Zapatero. Se trata de un texto que prevé el reconocimiento como matrimonio de las parejas homosexuales y el consiguiente derecho de adopción. Significa, en resumen, una superación de los Pactos Civiles de Solidaridad o PAC, vigentes desde 1999.

Lo que está fuera de toda duda es que fue esta la mayor manifestación ciudadana registrada en el país vecino desde la protesta monstruo de 1984 –un millón de personas– contra el proyecto de reforma educativa del entonces presidente Mitterrand. Tras un primer intento del Gobierno por minimizar el alcance de la movilización de ahora, el Elíseo se vio obligado al final a admitir que la concentración había sido “consistente”.

Y así realmente sucedió. Fue una protesta pacífica y festiva que eludió en todo momento los mensajes homófobos o agresivos. También los políticos. Manifestantes de todas las clases sociales, de todas las edades e incluso de todas las confesiones religiosas. Muchos, muchos, jóvenes. Cientos, miles, de familias en la calle en vísperas del debate parlamentario que arranca dentro de una semana en la Asamblea Nacional.

Visto desde una perspectiva hispana, llama la atención la capacidad de movilización de la sociedad francesa, en contraposición con el aparente conformismo actual de la nuestra, que parece haber bajado los brazos; que parece resignada a que las cosas, en este y otros ámbitos anexos, sigan como las dejó el zapaterismo. Es como si la sociedad española bastante tuviera con la crisis económica que aprieta vidas y haciendas como para pensar y preocuparse por otras cuestiones. Es como si se hubiese producido una especie de desistimiento o abdicación social.

Cabría, con todo, ser comprensivo con esa sociedad agobiada por la crisis. Pero no así con el Gobierno, que se está limitando a administrar la herencia socialista. Baste recordar, por ejemplo, la rapidez con que gratuitamente el ministro de Justicia, señor Ruiz-Gallardón, asumió como “vinculante” la reciente sentencia del Tribunal Constitucional sobre el matrimonio homosexual. O lo que está tardando en acometer la también prometida reforma de la ley del aborto. No se sabe mucho a qué espera.

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