Balance del año

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Terminamos el 2017 con un balance en el comportamiento humano que arroja demasiadas  dudas y sí mucha incertidumbre, lo cual significa que los antivalores no pararon de crecer.  
Los que creen que nuestros valores –como se jactan algunos políticos europeos en llamarlos– no están en bancarrota pecan de inocentes. O bien son una parte interesada en los que promovieron su quiebra. Y no nos engañemos, el modelo consumista que nos impusieron no es ajeno a esa desaparición.
Sabemos que nuestro mundo desarrollado está acabando con los recursos del planeta; sabemos que esta locura es insostenible a largo plazo; sabemos la gravedad del cambio climático. Y si sabemos todo eso ¿por qué no hacemos nada? Tal parece que nos pusimos todos de acuerdo en despilfarrar una herencia, que por ley natural le pertenece a todos, para no dejar ni la legítima a la siguiente generación. 
No olvidemos que los están arramplando con el bien común, porque los políticos lo permiten, los mueve una codicia despiadada, enfermiza. La misma que mueve a aquellos que dicen: lo mío es mío y lo tuyo también es mío. 
Por lo tanto, no hay muchas razones para el optimismo. Los entusiastas patológicos esperan que las tecnologías –que son sus dioses– lo arreglen todo. Pero los que mantenemos un optimismo realista eso nos suena a leyenda urbana. Todavía creemos que si falla el ser humano falla todo. 
Uno se resiste a pensar que los que promueven el egoísmo sin límites tengan un ataque de sentido común. Este humilde columnista recuerda –de cuando iba a la universidad–  lo que decía un profesor de psicología, que sostenía que el postmodernismo no estaba mejorando la sociedad, sino que la empeoraba. No puedo negar que esa visión caló en mi pensamiento, pues me resultó interesante, sobre todo para utilizarla como punto de partida en la observación social. 
La ideología neoliberal, que se funde con lo postmoderno, no solo se adueñó de la economía, sino también de la cultura. Tan es así, que muchos de los pregoneros del mundo cultural creen sinceramente que ser postmoderno es ser progresista. Semejante disparate es porque son, aunque no sean conscientes de ello, el producto de una educación sesgada, diseñada para construir vasallos y no ciudadanos.    
Está comprobado que la dinámica postmoderna genera cada día más conflictos. Es un modelo decadente, que alimenta el enfrentamiento y la división. La competitividad, que es su palabra clave, no deja de ser un acto primitivo, un comportamiento hostil, que convierte las personas en enemigos; en una pugna de todos contra todos.
Suena irónico que los profesionales en el campo de la sociología o la salud mental no aborden las causas, sino que se limiten solo a explicar los efectos. Todo lo reducen al ámbito privado, es decir, al entorno personal o familiar. Resulta chocante que no entiendan que una parte de la violencia obedece y es potenciada por estímulos sociales o externos. 
La dinámica desatada por la visión neoliberal entró en una fase abiertamente destructiva, que es la culpable de producir tanta violencia. Los gurús del neoliberalismo le ofrecen a la gente un paraíso material en la tierra, y los que no pueden alcanzarlo, que son la mayoría, expresan su decepción y frustración a través de la violencia. 
Así que, como decíamos al principio, y excluyendo el entorno personal de cada cual, termina otro año con pocas razones para celebrar.  Con tanto golfo controlando la cultura, las finanzas y la política –y otros organismos– las expectativas para el nuevo año son realmente sombrías.
Los que cargamos experiencias y años en la mochila  podemos recordar finales de año mejores, al menos más ilusionantes y auténticos. Hoy, como vivimos en un medio mercantilizado, hasta las relaciones y acciones personales se han transformado en mercancía. Hoy todo es apariencia, todo es consumo, todo es marketing.
Por eso, la alegría de estos días tampoco es real; es una especie de escenificación, porque así lo dicta la costumbre o la tradición. O porque lo dicen las grandes marcas, que  ofrecen grandes dosis de felicidad para unas horas o unos días. Triste.
 

Balance del año