MAYORES Y REDES SOCIALES

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Me cuesta creer que nuestros muchachos no sean conscientes de los riesgos que supone colgar alegremente textos e imágenes en Internet; que no sepan que esos textos, fotografías o videos permanecerán “sine die” en la memoria del servidor; que ellos habrán perdido definitivamente el control sobre los mismos, y que siempre puede haber un receptor que faltando a las más elementales normas de lealtad y amistad propague sin término contenidos comprometedores.

Tenemos muy próximo el caso de esas fotos de unas escolares coruñesas desnudas que corren por la red y que ha movilizado a alguna de las familias de las muchachas a denunciar los hechos ante la Policía. Parece que ésta ha identificado ya al responsable de la indebida difusión: un menor. El mal, con todo, ya está hecho.

No sé, por otra parte, si episodios como el referido deben suponer una llamada de atención más que a los jóvenes y adolescentes –que también–, a las propias familias. Y es que las redes sociales constituyen ya espacios de vida cotidiana para las nuevas generaciones y, por tanto, son mucho más que un pasatiempo o un producto de moda.

Aquí es donde los padres –y abuelos, por qué no– tienen que afrontar el reto de dejar de ser, como dicen los expertos, “minusválidos digitales” y de construir puentes de conocimiento para salvar la brecha que los separa de la habitual forma de comunicarse de sus descendientes. Y no sólo por razones de control sobre el uso o abuso de las redes sociales por parte de éstos, sino también como ocasión de cercanía, aproximación y diálogo familiar.

En esta cuestión y en otras muchas no vale con cargar la responsabilidad en colegios y profesores. Las familias son ellas las principales responsables. Los centros escolares vienen a ser sólo –y no es poco– colaboradores en la tarea educativa.

Han aparecido estos días diversos estudios sobre adolescentes y medios sociales, cuyos datos y conclusiones no difieren mayormente entre unos y otros. En concreto, y según el promovido por la Confederación Española de Centros de Enseñanza (CECE), el 72,5 por ciento de los consultados asegura tener al menos un perfil en las redes sociales. Y un 42 por ciento está conectado a alguno de ellos al menos tres horas diarias.

Esto no debería sorprender en el país como el nuestro donde más smartphones hay y donde niños de diez años tienen un móvil mejor que el manejado por sus padres. Pero que, al tiempo, el 60,4 por ciento no hable o comente nunca o casi nunca con ellos lo que hace o le sucede en Internet no deja de ser una realidad digna de toda atención.

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