Prestidigitadores

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Los socialistas europeos siguen haciendo de las suyas. Aunque a decir verdad las llevan haciendo desde hace tiempo. Sus incongruencias vienen de lejos.
En la Primera Guerra Mundial, que fue  desencadenada por una crisis económica –como casi todos los choques bélicos–, la socialdemocracia alemana votó los créditos de la guerra. Supuestamente lo hizo en defensa del país, invocando un patriotismo –casi siempre mal entendido– que en el fondo solo era para proteger los intereses de las mismas élites que habían provocado aquella carnicería humana.
La decisión de los eurodiputados socialistas en Estrasburgo de hace unos días, aunque esta vez no hayan apoyado créditos letales, nos hace recordar aquel lejano episodio. Puesto que  votaron en masa –aliándose con los liberales– a favor del tratado de libre comercio con Canadá, es decir, dijeron sí al famoso CETA. 
Aprobar un tratado que afecta directamente la vida de los ciudadanos sin ningún debate público, es sencillamente puentear la democracia. 
Los medios de comunicación del poder, que son prácticamente todos,  nos dijeron que el acuerdo aumentará el PIB europeo en 12.000 millones de euros anuales. No dicen cuantos puestos de trabajo se van a perder, ni quiénes serán los verdaderos beneficiados, que sin duda lo serán las transnacionales euro-canadienses; tampoco dicen que estrangulará a miles de pequeñas y medianas empresas hasta sacarlas del mercado, con lo cual se destruirán miles de puestos de trabajo. Nada de eso nos dicen.  
El doble juego de los socialistas es preocupante. Primero, tratan a toda costa de esconder   aquellas “movidas” que hacen sus partidos para favorecer al gran poder y que van claramente en perjuicio de la clase que ellos dicen representar y defender. Y segundo,  en las campañas electorales intentan vender un relato de izquierdas que al final se convierte en nada, puro humo. Puesto que cuando llegan al gobierno actúan como mayordomos del poder. Tamaña contradicción es insostenible en el tiempo, la prueba es que ya les está pasando factura en casi todos los países europeos.
Alguien dijo que la socialdemocracia europea había perdido todos sus valores. La realidad  demuestra que está desorientada, que no sabe que hacer, su asociación con el gran poder la hace prácticamente irreconocible. 
En los últimos veinte años los partidos socialdemócratas –las evidencias está ahí– han colaborado y apoyado un modelo social engañoso, que promueve abiertamente un enriquecimiento obsceno de una minoría en detrimento de la mayoría. 
El cinismo de algún político socialdemócrata no tiene límites. Hace unos días el Comisario europeo de Asuntos Económicos y Financieros, el señor Pierre Moscovici, que milita en el socialismo francés, declaró que un “Grexit” era imposible; este individuo vino a decirnos que la salida de Grecia de la eurozona no era viable porque a los griegos les iba estupendamente. Les va tan bien que el FMI dijo que si Atenas no alcanzaba un acuerdo de austeridad con sus acreedores el país se sumergiría en otra crisis. Cómo si los pobres griegos hubieran salido ya de ella. No sabemos para quién hablan estos señores, lo que sí sabemos es que sus valoraciones son un insulto a la inteligencia. 
Hoy la vieja socialdemocracia forma parte del cosmopolitismo consumista, del relato dominante, es cómplice por activa y por pasiva de los graves problemas que están afectando a las sociedades occidentales. 
En realidad, los partidos socialistas europeos se dedican a maquillar el llamado “totalitarismo blando” de los mercados, convirtiéndose en el caballo de Troya del liberalismo. Sus programas electorales apenas se diferencian de los que presentan sus oponentes de la derecha liberal, poseen un contenido muy pobre (ideología de género y poco más), careciendo de ideas y pasando por alto los graves problemas sociales y sus causas. 
Pero nada es eterno. Los ciudadanos parecen estar agotados de escuchar tantas promesas incumplidas, ya no creen en la magia ni en los magos. Y, como dice el dicho, de aquellos polvos vinieron estos lodos. Lo demás es seguir rizando el rizo.
 

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