Obligación nacional

|

Finalizada la mili y mi licenciatura, cargado con las ilusiones de quien marcha a conquistar el mundo, recalé un par de años en Madrid. Despacho del conde de Colombí mecido por rumores velazquianos del parque del Retiro. Con prolífica biblioteca de autores andaluces –50.000 libros– y un museo taurino que no se lo saltaba un gitano. El hijo –que por entonces no había terminado la carrera– se acercaba alguna tarde por el despacho, pero se “pirraba” por el fútbol, con gran disgusto del progenitor, entregado en cuerpo y alma a la fiesta nacional. Tiempo esdrújulo. Difícil de comprender. Atendría el bufete y confeccionaba fichas sin parar un funcionario municipal mañanero. Secretario escurrido de carnes, introvertido, que jamás sonreía...
Sin embargo, paradójicamente, este burócrata acartonado desprendía sensibilidad cultural y apasionado amor por el teatro. A la sazón había ganado popularidad un cancioncilla ramplona. Mi compañero de trabajo me lo advirtió rotundo. “Hay una escalera que te aguarda: ‘Historia de una escalera’, premio Lope de Vega, escrita por un desconocido que se llama Antonio Buero Vallejo, estrenada en el Teatro Español”.
Un ciudadano libre, que iba para pintor, condenado a pena de muerte tras la Guerra Civil, conmutada después de treinta años y en libertad pasados siete. Bajo tal diseño romántico y conmovedor me acerqué al café Gijón –verlo de lejos en su tertulia– y más tarde me enfrasqué en cuerpo y alma en esa escalera tendida al mejor dramaturgo del siglo XX, cuyo centenario celebraremos el próximo septiembre. “Porque el hijo deshonra al padre, la hija se levanta contra la madre, la nuera contra la suegra; y los enemigos del hombre son los de su casa”. Con esta reflexión de Miqueas encabeza un argumento que explica, sin generalizaciones al uso, cuanto el hombre tiene de criatura indefensa y de teatralidad para no morir nunca. ¿Cumpliremos nuestra obligación de homenaje nacional?

Obligación nacional