Menos mal que nos queda Gibraltar

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Una vieja –y lo de viejo es porque al menos la generación en la que habito apenas acababa de quitarse los pañales– canción de la década de los 60 tenía un estribillo inconfundible. “Más a pesar de todo, el mundo no ha olvidado que Gibraltar será siempre español. Esta es la verdad, la pura verdad, esta es la verdad, sobre... Gibraltar. No tienen razón, bien lo sabe Dios, no tienen razón; Gibraltar, español”. La cantaba un tal José Luis y su guitarra con un ritmo muy americano, muy rockabilly, tal vez con la pretensión de recuperar, eso sí, en un tono más actual, la vieja reivindicación de un régimen al que apenas le quedaban nueve años de vida. Diría que miento si dijese que no supiese por qué ahora me viene a la mente precisamente este tema tan anacrónico. Lo hace porque ahora, incluso ahora, con esta cuestión de Gibraltar, la de la “siembra” de bloques de hormigón para evitar la acción de los pescadores en la zona, pero sobre todo la reacción del Gobieno español a tal machada, me parece tan inefable como lo era ya hace casi cincuenta años. Entre los publicistas, que como ya tengo dicho son los que en realidad hacen política –aquí y en cualquier otro país–, lo de generar un elemento de distracción para desviar la atención de lo realmente importante debe ser algo así como el primer capítulo del libro gordo de Petete, que ya saben que hablaba de lo obvio tanto para pequeños como para adultos, que también los había –y los hay– con edad mental tan primitiva que ni tan siquiera les han caído los dientes de leche.
Ahora, en plena disyuntiva por saber quién hizo qué, quién sabía..., o no, quién habló con quién, quién no tiene culpa y cuántos son los culpables..., lo de Gibraltar debe ser algo así, para un Gobierno obligado continuamente a rectificar sobre lo ya rectificado –o sea, sin visos ya de credibilidad– como la batalla ineludible a la que todo español debe hacer frente. Así que sobra todo lo demás. Si en la dictadura hablar de las condenas a muerte de un franquismo que agonizaba perdía fuelle, al menos en este país –que fuera bien que era otra cosa– ante el honroso deber patrio de recuperar lo que la Pérfida Albión nos había arrebatado con trampa y cartón por estar en el bando de los perdedores, lo de ahora, en algún punto equidistante entre la última neurona que nos están intentando dejar y el córtex cerebral, pulido hasta la transparencia ante tanta necesidad y sobrada injusticia, por qué no volvernos a ocupar de Gibraltar.  Si entonces dio resultado, por qué no va a hacerlo ahora. Visto lo que ya hemos visto de los líderes europeos, nunca más oportuno aquello de volver al Peñón con tal de aliviar el peso que debe de estar soportando quien hasta se ha visto desacreditado por su propia secretaria general. No sé qué fue de José Luis, si vive o no, si sigue cantando o llegó a tener otro tema, pero sí que, más de uno, pensará, aliviado: “menos mal que nos queda Gibraltar”.

Menos mal que nos queda Gibraltar