Los grelos transgénicos

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La reacción de su mujer cuando le comentó que lo habían nombrado candidato al alcalde, no le sorprendió. Tú eres tonto, le dijo ella. Ya había escuchado esa sentencia cuando se afilió al partido o cuando, poco después, su nombre apareció en el segundo puesto de la candidatura municipal. Por muy tonto que fuese, ambos brindaron esa noche con champán, volvieron a hacerlo cuando salió elegido alcalde por primera vez y también cuando revalidó la mayoría cuatro años más tarde.
Nunca había sido un tipo especialmente ambicioso, pero la política le había permitido cumplir algunos de sus sueños, como salir con cierta frecuencia en el periódico, incluso a veces con foto. De todas formas, nada se podía comparar con las intervenciones radiofónicas. Cuántas noches se había dormido de joven soñando que dejaba boquiabierto a José María García por sus respuestas, tan brillantes como su juego. Era por entonces un prometedor centrocampista, pero en eso se quedó. Años después, cuando la PlayStation llegó a ser un vicio para él, también trataba de coger el sueño imaginando que protagonizaba los minutos estelares de la programación deportiva nocturna. Saltaba de emisora en emisora; era el peaje que debía pagar por haberle arrebatado a Xabi Alonso la titularidad en la selección española y compartir línea media con Busquets, Xavi e Iniesta.
Hasta tres entrevistas le habían hecho en los siete años que llevaba ya como alcalde. Una de ellas había llegado a durar dos minutos y medio, e incluso habían emitido un corte de siete segundos en el informativo regional de la cadena. ¡Ay si no hubiese tenido que cerrar la radio municipal para recortar gastos...! Esa necesidad de economizar era precisamente la causa de que hubiera ido posponiendo un año tras otro la celebración de una fiesta gastronómica en el pueblo. Pero, al fin, después de tantos tijeretazos podría organizarla.
El proceso para elegir el producto al que se dedicaría la jornada fue largo y la decisión llegó por descarte. Siendo un municipio de interior, quedaba eliminado el marisco; en el río del pueblo no se veía una trucha desde hacía décadas, así que tampoco servía el pescado; las castañas hubieran sido la alternativa perfecta, pero habría que esperar hasta el otoño y él quería que la fiesta fuese en el verano, con lo cual también las descartó. Al final, se decidió por los grelos transgénicos. La manipulación genética permitiría recoger en agosto una cosecha de cientos de toneladas y dar de comer a miles de visitantes.
¡En buena hora se le ocurrió celebrar la fiesta del grelo transgénico! Primero lo llamó el jefe provincial del partido ordenándole que se olvidara del proyecto. Tú estás loco. De tonto había pasado loco. Pues si estoy pirado, no tengo por qué obedecer. A los dos días la comunicación llegó desde Madrid; era el líder nacional en persona. Nada de transgénicos. Mis asesores dicen que es como si reclamaras la regeneración de la política. O sea que ya sabes o suspendes la fiesta o te pongo de cabeza de lista en las elecciones generales y te traigo al Congreso.

Los grelos transgénicos