El golpe

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No es usual, pero en los partidos políticos ocurren también golpes de estado. Las luchas por el poder, los intereses de grupos o facciones se tornan a veces crueles, brutales; en otros tiempos incluso se saldaban con víctimas mortales.  
El caso que nos ocupa no alcanzó tales extremos, afortunadamente, nos referimos a lo que ocurrió en el comité federal del PSOE el pasado sábado. Aunque era “vox populi” que las fuerzas oscuras del partido pedían hace tiempo la cabeza de Pedro Sánchez, el procedimiento que siguieron para destituirle fue lamentable, vergonzoso, incluso esperpéntico.  
La “enfermedad” del PSOE está mal diagnosticada –lo hemos dicho en otros artículos– y no se curará con un congreso extraordinario ni con un recambio en la secretaría general, eso son sólo medidas paliativas. El problema real, que es el de todos los partidos que en su día fueron socialdemócratas, es ideológico. Los laboristas británicos, los socialistas franceses, los griegos, incluso los alemanes, todos ellos (¡qué casualidad!) están en crisis. 
Desde la caída del Muro de Berlín en 1989 la socialdemocracia, presionada por las élites financieras que creyeron que ya no la necesitaban más, fue deslizándose hacia posiciones económicas neoliberales. El giró fue tan brutal que hoy los partidos socialdemócratas apenas se diferencian de los de la derecha liberal, lo que significa que semejante contradicción no es sostenible en el tiempo. En España los candidatos del PSOE acuñaban en sus campañas electorales slogans de izquierda, que sonaban bien y ayudaban a captar votos, pero cuando llegaban a la Moncloa se olvidaban, dedicándose sólo a gobernar para el Ibex-35. Ese fue –y lo sigue siendo– su gran problema.
En todo caso, la carga de profundidad alcanzó a los socialistas cuando apareció la crisis, hasta ahí la alternancia bipartidista funcionaba bien, casi como un reloj suizo, de cada cierto tiempo los dos partidos mayoritarios se turnaban en la Moncloa y todos felices. Pero la crisis llamó a la puerta y lo trastocó todo. Primero llegó el 15-M y más tarde apareció Podemos.  
Encender una vela a Dios y otra al diablo tiene un precio; no se puede estar comprometido con los mercados y al mismo tiempo mantener un discurso de izquierdas, eso tarde o temprano –lo que está sucediendo lo prueba– conduce a un callejón sin salida. Los socialistas, o lo queda de ellos, lo tienen muy complicado. El compromiso de la facción dominante con los poderes financieros –lo dicen los hechos– es de tal magnitud, que es casi imposible reconducir el partido a una posición socialdemócrata de mínimos.   
El grupo que encabeza Felipe González, que todo aparenta que fue el que preparó el conciliábulo para sacar a Sánchez de la secretaría general, defiende abiertamente las peores causas, las que nos han llevado al desastre económico. El pensamiento de ese grupo no se diferencia del que tiene cualquier vulgar corredor de bolsa. Uno sospecha que el viejo dirigente, al convertirse en un vocero de los poderes financieros, está intentando –aunque al final acabe destruyéndolo– que el partido y el país vuelvan a la “apacible” senda del bipartidismo. 
La “fórmula” para destituir a Pedro Sánchez, además de no ser ética ni democrática, es impresentable. Sánchez fue elegido por la militancia, por lo tanto, sólo ella mediante su voto podría destituirlo o confirmarlo en el cargo; los alegatos esgrimidos para saltarse esa norma son inaceptables desde el punto de vista democrático. El ex secretario general pudo haber cometido errores – según el criterio del grupo que lo defenestró–, pero eso no minimiza los daños, ni la manera torticera que se utilizó para quitarlo de en medio. 
El golpe contra Sánchez fue promovido por un grupo que representa unos intereses que no son precisamente los de un partido socialdemócrata, lo ocurrido tendrá un alto coste –ya lo está teniendo–  para los socialistas.
Las bases del partido tienen la última palabra. En ellas reside –si se lo proponen ejercer– el poder real; son las que en realidad pueden salvarlo, reconduciéndolo hacia la socialdemocracia. Lo demás es fabular. 
 

El golpe