De comediante a presidente

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En Ucrania hay nuevo presidente. Vladimir Zelenski fue el que ganó en la segunda vuelta las elecciones, un hombre joven que antes de entrar en política ejercía el difícil y duro oficio de hacer reír a la gente.   

Su elección significa que los ucranianos votaron a favor de la urgencia de un cambio. Un cambio que frene la corrupción galopante, que dialogue con las repúblicas separatistas y que deje de hacer las políticas ruinosas anti-rusas. 

La verdad lo tiene difícil. Y todavía lo tiene más porque fueron los de afuera los que condicionaron la política, los que presionaron a los distintos gobiernos de Kiev para establecer una suerte de hoja de ruta  pro-occidental, sin molestarse siquiera en informar a los ciudadanos acerca de las consecuencias que tal política tendría para el país. Es importante aclarar esto, porque en los medios europeos siempre se habla de las presiones de Moscú y nunca de las occidentales. 

En todo caso, saber lo que tiene en mente el nuevo presidente es una incógnita, decir que quiere hacer esto o aquello sería tanto como entrar a especular. En la campaña electoral demostró tener algunas ideas bastante confusas, lanzando algún que otro disparate. Aunque algunos menos que los otros contendientes. 

Por otro lado,  hay gente en su entorno que estuvo implicada en el Maidán y más tarde en el equipo de Poroschenko, lo cual no son señales alentadoras para llevar a buen puerto los cambios exigidos por el electorado. Porque para hacerlos, lo primero que tendría que hacer es sacudirse las presiones tanto internas como externas.

De todos modos,  todavía es muy pronto para saber cuál será su agenda política. Solo el tiempo dirá  si continúa con el “guión” marcado desde afuera, como hizo su antecesor en el cargo. Si lo hace le esperan tiempos difíciles a sus compatriotas; incluso más complicados que los de ahora.

De momento la Rada (parlamento) la tiene en su contra para cualquier cambio que signifique revisar la orientación pro-occidental de su predecesor. Por lo tanto, eso significa que no puede contar con apoyos suficientes, sobre todo si está pensando en dar un giro serio a la política para que las cosas empiecen a cambiar de verdad.

Allí hacer ciertas cosas es complicado. Porque si decide ser independiente y trata de pacificar de una manera sincera las regiones del este, aceptando una suerte de confederación con las repúblicas rebeldes de Donetsk y Lugansk, además de renunciar a formar parte de la  OTAN en el futuro, seguramente se va a encontrar con muchos problemas; aunque sea ese el único camino realista que le queda al país. 

Y no hay otro. Porque desde un análisis serio, riguroso y objetivo la estabilidad  pasa por cumplir con los requisitos mencionados, son prácticamente de obligado cumplimiento para cualquier político responsable que quiera el bien del país. Puesto que si falta alguno de ellos no se cerrará el ciclo de conflictividad ni los ucranianos tendrán futuro.

Algunos incluso dicen que para empezar bien su presidencia lo primero que debería hacer es volar a Moscú y exponer allí un plan razonable. Porque la estabilidad política y económica del país, incluso su integridad territorial, guste o no en Occidente, pasa por Moscú. Por la sencilla razón de que Ucrania es para Rusia mucho más que un simple vecino, aunque esto último nos llevaría a otro artículo para analizarlo. Por lo tanto, si el presidente electo decide ignorar este punto, como hizo Poroschenko, entonces el país terminará rompiéndose.

La desgracia de Ucrania radica en que ha tenido políticos “sin cerebro” que han arruinado  las relaciones con Moscú, como dijo hace unos cuantos días la diputada de la Rada, Nadezhda Savchenko.  Y las cosas empeorarán mientras la actual situación no sea cambiada, modificada.

Para muchos Vladimir Zelenski tiene la gran oportunidad histórica de cambialas, sacando el país de la locura a la que fue arrastrado por políticos y oligarcas incompetentes, por gente sin escrúpulos, la oportunidad de hacer reír de nuevo a su gente. Aunque esta vez no sea como humorista sino como político. La pregunta del millón es ¿lo conseguirá? Depende.

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