Unidad y autonomía

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Estamos a punto de celebrar cuatro décadas de la Constitución de 1978 y todavía sigue abierta la brecha de la lucha política en torno a la interpretación, posibilidades, futuro y posibles reformas de todo lo concerniente a la unidad territorial de España. No es gratuito que tal cosa acontezca. Las recientes elecciones en Cataluña han puesto de relieve la diversidad cultural, las diferencias geográficas entre unas y otras autonomías, los dispares niveles de desarrollo. La misma lucha política propicia, sobre todo tras la incertidumbre generada, el mantenimiento de la polémica y de la discusión en un terreno que constitutiva e históricamente es tan sensible para todos.
Uno de los factores que más ha contribuido a mantener viva la cuestión que tratamos es el discurso autonomista. Ese discurso enriquece la vida política y estimula una reflexión más honda, más matizada, y más respetuosa sobre cada realidad particular que se integra en esta otra realidad que llamamos España.
Lejos de las cuestiones terminológicas debemos centrar la discusión en los hechos, aunque los términos sean parte de los hechos, y parte importante, por cierto. No creo en una realidad metafísica de España, como no creo en la realidad sustantiva de ninguna construcción social o cultural. Por eso, me interesa España, en primer lugar, como ámbito de convivencia de todos los que ocupan los solares peninsulares. Soy consciente de que la convivencia sólo es posible desde la plena aceptación de la identidad y del ser de cada quien, no desde una aceptación resignada o simplemente pasiva, sino desde la aceptación comprometida en el respeto y en la decisión de afrontar la identidad de cada entidad, de cualquier entidad.
Para comprender la realidad plural y dinámica España es fundamental la cooperación, la cooperación al bien general y común que viene a ser el mejor bien posible para cada uno. Pero donde hay unidad uniformante, homogeneizante, no hay cooperación, habrá operatividad o capacidad operativa. La cooperación implica, necesita la diversidad, la aportación diversa de los que cooperan y tienen un objeto común. 
El objetivo común limita en cierto sentido la capacidad de movimiento y de decisión, pero en otro la potencia y enriquece. Estaría bien que uno pudiese decidir qué día, a qué hora, y dónde va a jugar al fútbol, pero un equipo requiere el acuerdo de once jugadores, y un partido requiere el consenso de dos equipos. Y una liga -que convierte cada partido en apasionante y le da una dimensión que lo trasciende- exige el acuerdo de una gran cantidad de equipos para establecer normas, reglamentos y calendarios a los que hay que ajustarse. Pero la cooperación no comporta una pérdida de identidad, antes bien sólo es posible desde la identidad, desde el propio genio, y sólo así interesa.
España nos interesa, me parece, como ámbito para la solidaridad, individual, pero sobre todo colectiva. No me refiero a una solidaridad en la que aparecen definidos de modo permanente los beneficiarios y los pagadores, no. Aludo a una solidaridad en la que cada identidad tiene que acercar su esfuerzo en la medida de lo posible, y donde los que más reciban asuman la responsabilidad de rendir más para el común.
Por eso es menester entender la autonomía y la integración en un equilibrio que conviene encontrar entre todos para cada etapa histórica. No interesa la autonomía que olvida la integración -convivencia, cooperación, solidaridad-, porque adeuda particularismo. Y menos aún una supuesta integración que menoscabe la legítima autonomía; esa no es la integración a la que me refiero en el artículo de hoy.
La Constitución de 1978 proporciona un instrumento jurídico y político adecuado para la consecución de tan fecundo equilibrio, que tenemos que saber alcanzar y desenvolver inteligente y respetuosamente los unos con los otros. Tal modelo, el alumbrado en 1978, claro que requiere retoques y reformas para mejorar su esencia y sus principios. Hoy, casi cuarenta años después, es necesario renovar ese consenso de 1978 pensando entre todos en cómo mejorar un sistema que es aceptado mayoritariamente para que funcione mejor sobre la base de la unidad, la autonomía, la integración y la solidaridad.

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