DEMOCRACIA

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Por qué le llaman Amor, cuando quieren decir sexo? Así se titulaba la película de Gómez Pereira de 1992, típica comedia española con muchos equívocos, buenos actores y sin demasiadas pretensiones. Con todo, la pregunta del famoso título no deja de tener su miga; incluso, aunque sea con menos morbo, me parece que puede ser extrapolable a otras muchas realidades. Por ejemplo, yo me preguntaría: ¿por qué le llaman democracia, cuando quieren decir cachondeo?
Ateniéndonos al significado de los vocablos de origen griego que componen la palabra, demos y cracia, tendremos pueblo y poder o dominio. En realidad cracia no es más que un sufijo, que se une a otros términos para indicar el origen de ese dominio o poder, burocracia, tecnocracia, etc. En el caso de la democracia, sería pues el poder del pueblo, lo que hoy llamamos la voluntad popular, o el camino por el que la mayoría puede decidir cómo y por quién quiere ser gobernada.
Los países comunistas inventaron aquello de las democracias populares, o sea democracia con un apellido innecesario y redundante, que degeneraron en verdaderas tiranías, en las que gobiernos dominados por autócratas a través del partido sometieron, y aún someten, a pueblos enteros a sus rigideces ideológicas.
Que la democracia permita a los ácratas y autócratas, esclavos de sus ideologías, llegar al poder no tiene nada que ver con lo que inventaron los griegos. Eso de que con determinados partidos populistas la democracia crece y se desarrolla no se lo creen ni ellos. Lo más que puede ocurrir es que, una vez asumidas responsabilidades y obligados por las circunstancias, algunos de estos ultras de la política se vuelvan más o menos demócratas y decidan respetar la autoridad y las leyes. Pero normalmente es más práctico y beneficioso para el pueblo (demos), que de entre sus filas salgan personas verdaderamente preparadas para gobernarlos, como ocurre en algunos países europeos.
El problema en España es que vivimos una democracia de ficción, eminentemente partidista, eso que algunas veces llamamos “partitocracia”, en la que el asalto al poder, más que la asunción del mismo es un juego de fuerza no precisamente democráticas, que van desde los grupos de presión política o de poder económico a los populismos, pasando por la falta de convicciones profundas que caracteriza a la mayor parte de los individuos de eso que llamábamos demos. Sobre todo entre algunos jóvenes, hijos de un bienestar bastante ficticio, es fácil que calen los planteamientos demagógicos y rupturistas. Así que es posible que pasemos de una “partitocracia” a una “demoacracia”. Como se dice vulgarmente: ¡Dios nos coja confesados!
 

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