Convivencia en igualdad

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Acaba el año con el asesinato de una mujer, y esperemos que el nuevo no nos reciba con otro asesinato más. Desde que en el año 2003 se iniciaron los contadores de mujeres asesinadas a manos de sus parejas se han contabilizado más víctimas que las dejadas por ETA. Sin duda la legislación y los esfuerzos de autoridades e instituciones para erradicar esta lacra resultan insuficientes. La sociedad avanzada que decimos ser es incapaz de frenar la ola de asesinatos de mujeres y niños en el ámbito familiar. Hace tiempo, mucho tiempo, todos conocíamos casos de mujeres a las que sus maridos en aquel entonces manejaban y vapuleaban a su antojo. Era algo cotidiano, corriente, que se tapaba por la vergüenza y porque siempre se evidenciaba que algo de culpa tendría ella. Hacíamos incluso chiste de cuando un marido apelaba a su mujer como a su criada. Nunca pudimos suponer que aprobar leyes de igualdad entre hombres y mujeres o una ley de malos tratos nos traería una vorágine de asesinatos que por el horror que reflejan resultan incomprensibles. ¿Qué está pasando?.
Casi todo está dicho. Sin embargo, pervive o subyace en el fondo de todo esto la incapacidad de asumir la ruptura de una relación. La incapacidad de asumir las frustraciones de la vida, que es posible que tanto padres como instituciones no han sabido enseñar. Tras la postguerra nuestros abuelos tenían conciencia de que el recorrido vital de una persona además de éxitos generaba fracasos. Es preciso tomar conciencia y respetar la libertad del otro. Las muertes de mujeres por sus parejas masculinas ascendieron progresivamente desde principios de esta década. El agresor aplica la violencia porque está convencido de que debe utilizarla para lograr que la mujer se comporte conforme a un criterio propio. En eso, los agresores no difieren de los dictadores totalitarios que han asolado la historia de la Humanidad. El agresor es un dictador que impone su voluntad por medio de violencia dentro de una relación de pareja.
Al hombre asesino no le importa lo que diga la Ley. Y no le importa porque después de asesinar, ya sea a su pareja, o a sus propios hijos, se quitará la vida. ¿Qué clase de determinación es esta?. Sin duda la inseguridad de aceptar lo inevitable. Falta una base cultural que permita entender que ante todo, de manera primaria, una mujer es también una persona, como lo es el hombre mismo. Y como persona decide, sufre, ríe, disfruta y toma decisiones. Y en este rol la relación y también la convivencia continúan o no, en función de si ambos deciden una cosa u otra. Y esto también es un problema educacional de la propia fémina, ya que antes del asesinato, o las palizas existieron demasiados signos de que esto podía suceder. Pero los hechos o datos objetivos que habrían permitido determinar que esa relación era tóxica solo los tiene la mujer. La que ha consentido que su pareja le indique como debe vestirse, como comportarse, con quien debe hablar y con quién no. Signos todos ellos que de manera errónea se interpretan como muestras de cariño o amor cuando no tienen nada que ver. Es más, cuando ya las palizas son habituales, se niegan y esconden a los ojos de la propia familia. Y cuando el miedo es insuperable para la mujer, y se atreve a contarlo, suele ser tarde. A partir de aquí, las instituciones actúan pero como comprobamos son incapaces de evitar los asesinatos. Mujeres que han cumplido con lo que la sociedad les dice, que han denunciado, que tienen órdenes de alejamiento, acaban asesinadas de la manera más brutal.
Las 26 medidas con las que va a arrancar el Pacto de Estado contra la violencia de género y que se aplicarán en 2018 incluyen mejoras en la asistencia y protección de las víctimas, en la sensibilización y la educación, y en la formación de los profesionales que intervienen en el proceso. Medidas todas ellas adoptadas por expertos en la materia pero cuya efectividad va a depender de los medios económicos, de la difusión y de la educación en igualdad desde la más tierna infancia. Pues bien, en el nuevo año que comienza, apelemos a esa ilusión posible de una convivencia en igualdad.

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