Los ocho de Shanghai

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Hay cumbres que pasan desapercibidas porque los medios occidentales les dan poca publicidad. Sin embargo, la que tuvo lugar hace unos días no fue una cumbre cualquiera.
Estamos hablando de la que llevaron a cabo los países que conforman la Organización para la Cooperación de Shanghái (OCS). O el G-8 asiático como le llaman ahora algunos. 
Al principio este grupo estaba formado solo por seis países (China, Rusia,  Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán, Uzbekistán), pero este año estuvieron presentes dos nuevos socios, India y Pakistán; hay que decir que a estos encuentros también asisten otros países, unos en calidad observadores y otros como socios de diálogo. 
La reunión de este año tuvo lugar en la ciudad china de Qingdao. Y en la apertura el presidente chino le dijo a los presentes –y quizá también al mundo–, que el confucionismo era una parte importante de la civilización china, que predicaba el ideal supremo de la humanidad: de que el mundo pertenece a todos, que los países deben vivir en paz y concordia, ayudarse unos a otros y ser amigos, como si fueran una familia grande. 
El mensaje no tiene desperdicio. Además, en cierto modo lleva implícito una visión del mundo diferente a la occidental, una concepción muy en la línea confuciana; quizá por ello los líderes chinos escogieran para el encuentro la provincia donde nació Confucio.
Es importante destacar que los países que actualmente forman la OCS abarcan más del 60% del territorio de Eurasia, poseen casi la mitad de la población mundial y aportaron en 2017 al PIB mundial el 36.8%, mientras que el G-7 fue el 26.5%. Por otro lado, constituyen la columna vertebral del proyecto chino de la nueva Ruta de la Seda.
En Qingdao trataron asuntos de vital importancia. Como la cooperación económica; la lucha contra el terrorismo; el apoyo al diálogo entre Corea del Norte y EE.UU.; la crisis siria; y el acuerdo nuclear con Irán. 
Es obvio que China es la fuerza motriz de esta asociación. Su avance económico en el mundo es tan rápido que se habla incluso, de continuar su creciendo al mismo ritmo, que en 2040 su PIB pudiera superar tres veces–lo que en principio nos parece una exageración– al estadounidense.   Por lo tanto, es lógico y comprensible que en Occidente exista una gran preocupación. En cualquier caso, es una realidad con la cual tendrá que lidiar todo el siglo XXI, pues todo apunta que este es el siglo de China. En silencio y sin aspavientos sigue su “larga marcha” económica. 
Por otro lado, la OCS sigue fortaleciéndose al sumarse la India al proyecto. Pues no estamos hablando de un país cualquiera –a pesar de que tiene 200 millones de personas viviendo en la pobreza–, sino de una potencia que pronto se convertirá en la tercera economía del mundo.  
Aunque bien es cierto que ese país mantiene diferendos fronterizos tanto con China como con Pakistán, que desembocaron en guerras en el pasado, no es menos cierto que al pertenecer al grupo de Shanghái le brindará más posibilidades, si no de resolverlos, al menos de que esas disputas no vayan a mayores. 
Un dato llamativo. Casi al mismo tiempo que se celebraba la cumbre de los de Shanghái también tenía lugar la del G-7 en Canadá. Y todo hay que decirlo, esta no fue como las anteriores. En Canadá se escatimaron sonrisas y abundaron los desacuerdos. Dejó la impresión de que el presidente estadounidense, Donald Trump, asistió a ella como si fuera un encuentro no deseado, cumpliendo más que nada con una obligación. Ni siquiera firmó la declaración final.  
Las desavenencias en la desdibujada cumbre fueron el  reflejo de los cambios en el mundo, que son producidos por la fortaleza de China y su voluntad política de construir un mundo multipolar y multicéntrico. 
En Qingdao el presidente chino, Xi Jinping, puso énfasis en el “espíritu de Shanghái”. Habló del comercio equitativo, de la inclusión y de otras propuestas.
En conclusión, los ocho de Shanghái –algunos con culturas y economías muy distintas– están modificando las relaciones internacionales con otra visión distinta. Una visión que puede gustar más o gustar menos, o no gustar. Pero está ahí.

Los ocho de Shanghai