Suplantadores

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El caso del joven Francisco Nicolás, capaz de mucho de cuanto no se atreven otros a hacer, se ha convertido, desde la revelación de los hechos, en un culebrón cuando menos difícil de imaginar. Suplantar identidades entra en lo plausible. Incluso se podría parafrasear el mito bíblico y superar la duda de quién no ha deseado, al menos en alguna ocasión, ser otro. En la teoría y en la práctica, no faltan referencias a tal desparpajo. Y no son solo aquellas más conocidas, como por ejemplo, sin dejar la comarca de Ferrol, la de quien era capaz de hacerse pasar por cura y oficiar misa, o convertirse en un agente de la Guardia Civil –no sé si en este caso impartió alguna multa–, o de arrastrar a incautos bajo nombres o siglas tan poco recomendables como la de Rumasa.
Lo que en realidad sorprende no es tanto la capacidad de que alguien pueda hacerse pasar por lo que no es como la de que la suerte, la casualidad, la ingenuidad o la desidia acaben por otorgarle tal posibilidad. Incluso sin necesidad alguna de sustituir el nombre –más propio de timadores, ladrones y adláteres– sobran en este país los suplantadores. ¿De qué otro modo se puede llamar a quienes, estando invocados a respetar el interés general, no dudan en soslayar lo que se supone inviolable, incluso en perjuicio de lo que manifiestan defender? Suplantadores de sí mismos son tanto los políticos cuyo fin no es otro que el de lucrarse como los banqueros –léase también miembros de los consejos de administración, que incluyen a sindicalistas, representantes institucionales, cargos públicos, personas de toda confianza en resumidas cuentas– que, ostentando la máxima responsabilidad en una entidad pública, se autoconceden tarjetas opacas al fisco.
De algún modo, todos nos hemos suplantado a nosotros mismos en alguna ocasión, aunque tal prerrogativa suponga por natural y justo que no implique a terceros, al menos nunca con la intención de hacer daño. En el polo opuesto, suplantador es también aquel que promete y no cumple, no porque no pueda, sino porque nunca tuvo intención de hacerlo y, cuando lo hizo, fue por el propio interés, o el de un partido, o el de una central sindical, o el de un representante institucional... La suplantación parece así formar parte innata del juego de la vida, aunque unos prefieran autolimitarse y otros, como constatamos día tras día, entiendan ese límite como la abierta posibilidad de superarlo. Lo de Francisco Nicolás no es más que la ratificación de que lo más absurdo puede resultar tan increíble que difícilmente se pueda dudar de ello. Algo que sabe todo suplantador que se precie.

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