Las tribulaciones de Albert

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Todos somos actores en el gran teatro del mundo, decía Shakespeare. La realidad es que cada día salimos a escena, interpretamos un papel, o varios, a lo largo del día y esperamos una reacción por parte del público. Lo mismo ocurre en política, con el agravante de que son representaciones en las que si el actor principal desempeña un papel que le viene demasiado grande, en taquilla perdemos todos. Y ya que hablamos de teatro, vayamos a la escena y hablemos de consensos.    
Con los resultados de las últimas elecciones y dado que al señor Rajoy no le salen las cuentas para su investidura, en el ruedo ibérico Albert Rivera parece ser el hombre del momento. 
Cree tener la llave de  la gobernabilidad del país, se muestra como el político de la moderación,  del sentido común y tal parece que encarna o que quiere rescatar los grandes valores de la política, semejando incluso desempeñar el papel de gran pacificador, el hombre capaz de hacer que PP y PSOE fumen la pipa de la paz, como si esos dos partidos fueran de verdad enemigos, cuando lo único que hacen es librar –para consumo plebeyo– una falsa guerra de trincheras y cuando  las diferencias entre ellos son de tan poco calado que la más patente es la foto del cartel electoral.      
Construir consensos y arbitrar discrepancias no es tarea fácil. Es la primera premisa que suponemos conoce bien el señor Albert Rivera, como también suponemos conoce el hecho de que muchos otros antes que él pretendieron acuerdos y no siempre tuvieron éxito, o no un éxito inmediato, porque éste no depende sólo de la voluntad de uno. Y como finalmente es la historia la que pone a cada uno en su lugar, nos encontramos con que es ahora cuando a Adolfo Suárez se le empieza a reconocer  su talante negociador  mientras que a otros se les echa en cara el  no haber querido o sido capaces de consolidar procesos políticos con acuerdos de mayor o menor calado.    
La realidad española de hoy no es la misma que la de la transición pero los consensos siguen siendo necesarios y, a este respecto, el señor Rivera, embutido en su uniforme de casco azul de la política y pretendiendo emular al señor Suárez en este teatro, viene de plantearle al señor Rajoy una serie de condiciones para el apoyo a su investidura que, lejos de parecer disparatadas, sí parecen poner en aprietos al PP.         
 Si el 26-J no deparó grandes triunfos al PP, pese a haber mejorado sus resultados, tampoco dejó al señor Rivera en la tesitura que quizá imaginaron los que patrocinaron el proyecto de hacer de Ciudadanos una organización de centro-derecha que pudiera aglutinar a toda la derecha nacional; más bien complicó su situación en este enredo, quedando como un equilibrista que se balancea en una tensa cuerda, con una personalidad mixta, pretendidamente distanciada del PP, cercana a la CDU de la señora Merkel y capaz de aceptar ciertos presupuestos socialdemócratas; una personalidad, en suma, difuminada entre un quiero y no puedo que los españoles, por tradición, solemos entender muy mal a corto plazo.                                         
Pretender ser algo diferente a lo que uno es,  no es una gran idea, corre uno el riesgo de querer ser un poco de todo para terminar siendo un poco de nada. 
El centro es un lugar complicado, por aquello del equilibrio, y cualquier paso, dado en una u otra dirección, conduce inexorablemente a un extremo. Parece que ahora sí el señor Rivera se ha dirigido a la derecha de la cuerda y ha tendido una mano a Rajoy. 
En los próximos días veremos si la ejecutiva del PP autoriza la boda o si, por el contrario, la relación no se consuma. De ser así,  podría suceder que las tribulaciones de Albert no hayan hecho más que comenzar porque si unas terceras elecciones se llegaran a producir, el riesgo de que el pez grande se coma al chico es más que real. 
Y llegados a ese punto, tal vez todos debamos exigir más talla política y menos egoísmo partidista a nuestros representantes. 
Y más memoria también, porque si Suárez fue capaz de legalizar al Partido Comunista un Viernes Santo, ¿dónde está la línea roja que delimita las tribulaciones de un político?
 

Las tribulaciones de Albert