EL AMOR A LA TRADICIÓN

|

Profesión: emigrante. No quedaba bonito en el carné de identidad, pero durante muchos años fue la elegida por miles de gallegos. Los más valientes cruzaban el Atlántico rumbo a América y allí se quedaban. Los que eran menos echaos pa’lante preferían subirse a un tren y establecerse en Suiza o en Alemania. Pasado un tiempo, y con independencia del valor, la cosa era volver a Galicia y abrir un bar o un supermercado bautizado con un nombre verdaderamente enxebre: Ginebra, Mar del Plata, Berna...

Ingresar en la categoría de los empresarios autónomos no era el único mérito de los retornados. Gracias a ellos el naranja se incorporó al paisaje rural gallego. Antes todo era verde, en sus diferentes tonos, pero verde; las casas de ladrillo visto acabaron con esa monocromía. Además, en muchas casos, las obras nunca llegaron a acabarse, con lo que el edificio pasó a formar parte de la propia naturaleza, como si se tratase de un carballo o de un helecho.

La transformación redujo la palabra corredoira a la condición exclusiva de apellido e incorporó los términos autopista y autovía al vocabulario cotidiano

Como nada es eterno, el afán por viajar fue decayendo, un declive que se aceleró, por absurdo que parezca, a medida que Galicia dispuso de mejores carreteras y de mejores vehículos para desplazarse por ellas. Era el inicio del cambio, de la transformación que redujo la palabra corredoira a la condición exclusiva de apellido e incorporó los términos autopista y autovía al vocabulario cotidiano. Esa modernización permitió también pensar en nuevas metas. Convertirse en la Baviera del sur fue, entonces, el objetivo.

Sin embargo, el paso de comunidad autónoma a lander nunca llegó a darse. Contar con autoestradas y llenarlas de coches alemanes fue solo un espejismo. Se pidió incluso que se levantasen los límites de velocidad en un último intento de mimetismo con las costumbres germanas. Que cada uno circule a la velocidad que quiera, pero nada de nada.

La utopía de Baviera cayó en el olvido. Los cambios se habían ido sucediendo y hasta los pro bávaros habían sido desalojados de la Xunta. Los nuevos inquilinos pensaban solo en la selección galega xa y en reformar el Estatuto; el resto de los asuntos les daban igual. Transcurridos cuatro años, volvió a haber mudanza, pero nadie se acordaba ya de Baviera.

Si acaso, los únicos que piensan en ella son quienes creen que aquello de la emigración no estaba tan mal, que sus abuelos no eran tan tontos y que mantener las tradiciones familiares es desde siempre una costumbre muy gallega. Además, en el carné de identidad ya no existe una casilla reservada a la profesión, así que ni siquiera hay que pasar por el mal momento de explicar al funcionario de Interior que a uno le encanta emular a sus antepasados.

EL AMOR A LA TRADICIÓN