Leer con vida

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Los libros duelen, alegran, huelen y saben. Los libros sienten el temblor de la mano que los toma, que los abre, que los aprieta con amor o los separa con miedo. Hay quien arroja los libros como quien expulsa la enfermedad y la amenaza. Hay quien llora sobre páginas que humedecen la carne del árbol que le dio vida a la hoja. Los libros, en una palabra, viven. Pero si lo hacen es gracias a las palabras. Son ellas las que fecundan todo lo vivo que hay en el espíritu de los hombres y, por eso, cuando las palabras van desapareciendo, es dicho espíritu y el propio hombre el que se muere con ellas.

No hay nada menos tecnológico que la palabra. Los seres humanos aprendemos a hablar y a escuchar -que es siempre un habla diferida- mucho antes de tener noción alguna de lo que es la técnica y, menos aún, de lo que es la tecnología. Sin embargo, hoy se difunde a los cuatro vientos que merced a la tecnología podemos conectarnos en red y permanecer comunicados. Los símiles de la red y de la conexión indican con privilegio la realidad de la comunicación, la cual, hay que decirlo, puede existir sin necesidad de palabras (la comunicación de las abejas o de las hormigas, son un buen ejemplo de ello). Podemos conocer el proceso básico de la comunicación; no obstante, ¿quién puede decir lo que es el lenguaje? Hay intentos explicativos y tesis variadas que se proponen desde diversos ámbitos (como el de la psicología evolutiva), pero, ¿es que alguien puede agotar el manantial que supone ese momento inaugural y misterioso en el que una palabra inaugura el mundo? ¿Cómo se puede concebir que una palabra haga reír, estremecerse o llorar? ¿Cómo es posible que sea una palabra la que atraviese océanos de historia portando una herida, una promesa o un recuerdo? Ni la lingüística ni la psicología pueden dar cuenta de esto. Ni siquiera la filosofía, salvo si esta se acerca a la poesía.

Y si la palabra no es tecnológica, porque es más inaugural que comunicativa, ¿cómo preferir un libro electrónico a otro donde aún late un árbol y el temblor de una mano? Toda la eficacia acumulativa que consigue el primero (testificada en todos los libros que puede contener una pequeña máquina del tamaño de un bolsillo mediano) deja indemne la cuestión de la lectura. Al igual que el hombre se comunica más cuanto menos tiene que decirse (incluso a sí mismo), también desea una lectura más “moderna” cuanto menos puede “leer”. Y si entrecomillo el verbo leer es para señalar que la lectura tiene una hondura diferente a la simple capacidad descifradora.

Leer no es solo decodificar, sino experimentar la amplitud de una totalidad. Dicho de una manera más sencilla: no se puede leer una frase si no se está ya leyendo el entorno al que esa frase pertenece. El libro en papel, que supone un salto cualitativo mucho menor con respecto a la literatura en papiro o en piedra, si lo comparamos con la brecha que lo separa del libro digital, es un libro que vive en el universo de sus olores, de su color, se su posibilidad de ser sobrescrito con las anotaciones de un sinnúmero de lectores-autores futuros. Por su parte, el libro electrónico es neutro como sus circuitos, no huele, carece de la enigmática historia de los libros de los rastros y tiene la frialdad de una anotación archivada en una carpeta de Windows.

Alguien me reprochará una especie de romanticismo, pero no es exactamente eso. Lo cierto es que generalmente tampoco se entiende lo que quiere decir ser un romántico. De hecho, vulgarmente se le adjudica al romántico una tendencia a la evasión y a la ensoñación ideal, al elogio de un pasado mejor que probablemente nunca existió o que, en todo caso, no puede recuperarse. Pero de lo que aquí hablamos es de algo diferente. Nos estamos refiriendo a un cambio concreto con resultados precisos. Una época que prescinde en su lectura de todo un universo sensorial escondido, de un laberinto trasero de señales y significados ocultos, es una época que solo sabe descifrar vocablos sin alma, pero que no sabe realmente leer. Y es que leer es, antes que nada, escuchar el latido profundo de la palabra que manifiesta el mundo y que nos dice que somos una unidad con ella. La tecnología de la comunicación empieza más allá de esta experiencia fundamental, cada día más olvidada.

 

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