En sala de espera

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Un Mariano, tancredista; un Pedro Botero, removiendo la caldera sociata para gritas “¡No!”; un Pablo, apóstol de gentiles, invocando cielo materialista y proletario; un Albert Rivera, vestido de angelical primera comunión, jurando erradicar corrupciones y abriendo ventanas para que entre aire fresco en las cocinas del Estado; ¡Dios mío, que trope! La partidocracia los da y ellos se juntan. Patéticos. Charlatanes feriantes prometiendo mil noches de felicidad y una más, y desilusionándonos por sus fracasos. Donde ni siquiera logran pactar acuerdos mínimos para constituir un Ejecutivo que no sea simple Gobierno en funciones.
Ignoro si nos merecemos aguardar un investidura en sala de espera o si, por el contrario, lo acéfalo vale como eficaz medida en la gestión nacional y no aprobación de leyes. Quizás como fondo subyace la dicotomía entre idealismo y materialismo. Don Quijote y Sancho Panza. O narraciones medievales como “El decamerón” de Bocaccio y “El conde Lucanor”, del infante don Juan manuel. Ambos pueden incrustarse en las calendas que vivimos. Dos concepciones del mundo antagónicas. Cuanto se augura y cuanto de verdad se hace como ejes de filosofía política; una adopta las “evasiones” posibles y la otra “estudia” los resultados concretos.
Seguramente nuestros representantes legales necesitan un consejero Patrono a la hora de tomar decisiones con respecto al pueblo que dicen servir. Historias, fábulas, consejos con que puede vestirse o desvestirse al mandamás. Así, verbigracia, la advertencia del consejero del conde sobre folgar y tomar placer. “Que lo fagades siempre manteniendo vuestro estado, guardando vuestra honra... y los cumplades”. Me atrevo a recomendar a nuestros representantes la lectura de estos recuerdos populares anónimos que han cobrado unidad de estilo en un príncipe castellano que pone la primera piedra... un glorioso camino hacia Cervantes y la novela picaresca.

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