PORTUGAL, LA AVANZADILLA

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En un edificio del barrio de la Baixa, centro financiero y comercial de la acogedora Lisboa, hay una pintada que dice: “Sacrificios ó caralho. Luta, organiza-te”, que resume el hartazgo de la sociedad portuguesa, asfixiada por la política de ajustes y recortes.

La penúltima “provocación” se produjo el día 7 cuando Passos Coelho anunció una rebaja general de salarios de un siete por cien por la vía del aumento de las cotizaciones a la Seguridad Social mientras disminuía, casi en la misma proporción, la cotización de las empresas.

El anuncio de esta “transferencia de riqueza de los trabajadores a las empresas” provocó la indignación y el rechazo unánime de la población que siete días después salió a la calle en cuarenta ciudades del país. En esas manifestaciones estaban gentes de toda clase y condición, desde parados, jubilados y funcionarios, hasta empresarios, pequeños comerciantes y viejos luchadores por la democracia que “no aguantan más y tienen la sensación de que se les está expulsando del país”.

La “luta” de tanta gente asustó al Gobierno que, acorralado por las críticas y la presión social dio marcha atrás y en lugar de recortar sueldos a todos los trabajadores subirá los impuestos para compensar la pérdida de esos ingresos, rebajar el déficit y cumplir con la “troika”. Otra dosis de recortes para todos.

“Cuando las barbas del vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar”, sentencia un viejo dicho y en este sentido Portugal es la avanzadilla de lo que nos espera a los españoles. “Portugal es una máquina del tiempo para España; va un año por delante”, sostiene Pedro Santos Guerreiro, director de “Jornal de Negócios”.

Es un buen análisis, porque el mismo día de las manifestaciones en Portugal, De Guindos pedía desde Nicosia sacrificios “ineludibles para sentar las bases de la recuperación” y Montoro advertía que “tenemos que seguir reformando, no hemos llegado ni a la meta volante”. Dos días después Jean Claude Juncker decía en tono apocalíptico que el Eurogrupo impondrá condiciones muy duras a España si pide el rescate.

Dicho en román paladino, se avecina una nueva oleada de recortes, y los sacrificios –que parecen inútiles porque ni traen recuperación ni sirven para mantener los servicios del Estado de Bienestar– volverán a recaer sobre la misma gente que, como la portuguesa, empieza a estar harta y cada día se identifica más con el texto de la pintada de Lisboa.

PORTUGAL, LA AVANZADILLA