Trapicheo de valores

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H ay un dicho en inglés que dice que cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana (“when poverty comes through the door, love jumps out the window”). Y con las instituciones ocurre algo parecido, es decir, cuando la doble vara de medir se apodera de ellas, los principios huyen por las ventanas.
La Europa de hoy le sucede algo parecido, los principios se están volatilizando. La politización que hace de los derechos humanos y de la libertad es insultante. Hasta no hace mucho nuestros eurodiputados mostraron una gran “preocupación” por el encarcelamiento de Nadia Svchenko, una piloto ucraniana condenada en Rusia, que, finalmente, fue puesta en libertad al ser canjeada por dos espías rusos. Es razonable que nuestros representantes en Estrasburgo se preocupen de esas cosas, en realidad, es su obligación. Lo que levanta realmente sospechas es que sean tan selectivos en algunas de sus demandas y no pongan apenas énfasis en denunciar los campos para refugiados –en la práctica campos de concentración– que la “humanitaria” Europa creó en su propio territorio. Parece ser que la letanía de los derechos humanos sólo la utilizan sus señorías contra aquellos gobiernos o países que no son de su misma cuerda, lo cual indica que la política o la geopolítica tienen más peso que la defensa de esos derechos.
La manera puntual y selectiva de actuar del Parlamento europeo es alarmante. Aunque  es cierto que tiene poderes limitados para legislar, sin embargo, posee un gran poder a nivel mediático. Su “ruido” se escucha –de ello se encargan los medios afines– en todo el continente. En todo caso, el deber sagrado de un parlamento democrático,  que además se quiere erigir –como el europeo– en el gran valedor de los derechos humanos, es condenar toda acción violatoria de esos derechos, sin importar el color del gobierno ni el lugar donde son conculcados. Cuando una institución política condena sólo aquello que conviene a ciertos intereses, casi todos ellos relacionados con empresas transnacionales, entonces pierde toda su credibilidad y con ella el respeto de la ciudadanía.  No se puede predicar una cosa y hacer otra, esa clase de incoherencia termina pasando factura.
No hace falta ser un experto para darse cuenta de lo que está pasando en Europa. Los actos y las declaraciones tendenciosas, casi todas ellas politizadas, son el modus operandi de la mayoría de los organismos europeos, incluido su Parlamento. Si un país está gobernado por un régimen amigo, aunque se cometan atrocidades, como es el caso de los oligarcas gobiernan en Ucrania, en Europa se mira para otro lado. En las regiones del Este del país eslavo han ocurrido muertes que podrían catalogarse como crímenes de guerra. Durante el conflicto armado que mantuvo el ejército ucraniano –si es que a ese grupo de uniformados se le puede llamar así– con las repúblicas secesionistas ha bombardea áreas civiles, en las cuales ha muerto gente inocente e indefensa. Incluso no hace mucho que un proyectil impactó en un autobús causando el falleciendo una mujer embarazada. Sin embargo, en Europa nadie ha levantado la voz. El silencio es total, ¿cuál es la razón? Volvemos a lo mismo. Si son aliados se les perdona todo. 
Es comprensible que con esta forma de proceder se desprestigien las instituciones. Lo anormal sería que no sucediera. Los principios de conveniencia –a no ser que sean los de Groucho Marx– no son sostenibles en el tiempo. Es decir, aplicar  unos principios aquí y otros allá, dependiendo de los intereses del momento, es un disparate. A largo plazo esa clase de política genera consecuencias negativas, incluso desastrosas. Por mucha ofensiva propagandística, no información, que los medios continentales lleven a cabo, los ciudadanos terminan por descubrir los juegos políticos. De hecho ya está sucediendo. Eso se puede observar en la frustración que se está abatiendo sobre los pueblos de Europa.  
Hay valores que no deberían ser negociables, incluso para mantener la coherencia. Pero las élites que dirigen la “versión” actualizada de Europa no lo entienden así. Decepcionante.       
 

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