no todo lo que cuenta la historia se debe asumir como una certeza.

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no todo lo que cuenta la historia se debe asumir como una certeza. Los relatos están sujetos a los intereses del momento y a la cultura dominante. 
Nos han dicho que el Estado del bienestar se consiguió a base de grandes luchas políticas y sindicales, que el capital hizo las concesiones que hizo debido a esas mismas luchas. Pero eso es solo una parte, que a lo mejor en este contexto no fue tan decisiva como parece.
Veamos. Nunca nos dijeron que la causa principal, la que hizo posible tal conquista, sobre todo en Europa, tuvo poco que ver –al menos de una manera terminante– con los motivos aducidos. 
Empezando porque el Estado del bienestar, en su versión moderna, irrumpió con fuerza solo después de la II Guerra Mundial. El continente había quedado arrasado y arruinado, por lo tanto, las condiciones sociales eran muy penosas para millones de personas. 
Es verdad que el “Plan Marshall” ayudó a la reconstrucción económica, pero con todo, sobre todo en los primeros años, no hubiera sido suficiente para frenar el descontento popular. La crisis se había vuelto profunda.
La situación en el campo laboral y social era tan crítica en aquella Europa de posguerra, que se daban las condiciones objetivas para que hubiera un levantamiento de carácter bolchevique. Máxime cuando las divisiones del Ejército Rojo –en su lucha contra los nazis– había ocupado media Europa.
Ante semejante escenario las élites entraran en estado de pánico. Así que, para que no ocurriera lo “peor” decidieron construir sobre las ruinas europeas, todavía humeantes por las bombas y olor a cadáveres, un orden social razonable, medianamente decente; decisión sabia para asegurar su propia supervivencia. 
Hay que añadir también que en la construcción de ese orden, además de los partidos socialdemócratas, colaboró activamente la Iglesia Católica a través de sus encíclicas sociales; asumidas casi en su totalidad por los partidos demócrata-cristianos en sus programas electorales. Su función real era la de servir de contrapeso “espiritual-ideológico-material” al marxismo creciente de la época.
Los socialdemócratas nos dijeron –y continúan haciéndolo– que fueron ellos los únicos artífices de casi todos los logros sociales. Decididamente, esa hipótesis no resiste un análisis serio. Solo puede ser creída por personas con cero conocimientos de historia. O las que su analfabetismo político no les permite ver más allá.
La realidad es que nos vendieron un relato bien amarrado y maquillado, un relato que de tanto repetirlo fue convertido en una verdad cuasi Divina. Pero así funcionan las grandes mentiras. 
Es bueno aclarar que la socialdemocracia –sin quitarle ciertos méritos– solo sirvió de constructor “autorizado” para levantar los estados del bienestar. El poder le concedió ese privilegio. Un privilegio que por otro lado los socialdemócratas pudieron rentabilizar muy bien hasta la caída del comunismo.
El motivo de tal prerrogativa fue ocultado. Incluso hoy. Y la razón es simple: para seguir beneficiándose de un falso relato. Un relato que en el pasado proporcionó a los socialdemócratas, aunque no fuera por méritos propios, momentos de gloria. Lo vendieron casi como si fueran ellos los redentores de los trabajadores. 
Es cierto que lucharon por una sociedad más justa, de más oportunidades, pero no es menos cierto que si empujaron para conseguir lo que se consiguió –y que ahora se está perdiendo– fue porque les dejaron hacer. Pero eso parece que se acabó. El poder ya no los necesita. 
Por lo tanto, el origen real de las tan manoseadas conquistas sociales, que siempre nos restriegan en la cara, no fue porque hicieran esto o aquello. No. Todo es mucho más sencillo: fue el miedo. El miedo de las élites al “espantajo rojo”. ¡Y ahí está la madre del cordero!
El miedo, individual o grupal, siempre desarrolla mecanismos de alerta y defensa, incluso de ataque. Y lo primero que hicieron las élites fue dar luz verde a la construcción de los estados del bienestar. Y lo segundo, fue hacer grandes concesiones en el mundo laboral. 
Lo demás no fue tan real. Lo que vemos en estos tiempos lo avala. ¿O no? 
 

no todo lo que cuenta la historia se debe asumir como una certeza.